viernes, 24 de febrero de 2017

The Magician (Rex Ingram, 1926)





Si Aleister Crowley, una vez publicada la obra de Maugham “El mago”, realizó una furibunda crítica de la misma, aduciendo –bajo pseudónimo: Oliver Haddo, el personaje de la creación basado en él mismo- que se trataba de un pastiche terrorífico fusilado de diferentes obras –como por ejemplo “La isla del Dr. Moreau”, de Wells-, también se puede decir en defensa de la adaptación cinematográfica que esta sirvió de inspiración para cintas posteriores como “King Kong” (protagonista en aprietos, indefensa y controlada mediante ataduras) o el “Frankenstein” de Whale (tétrica e imponente sala de experimentos).

Primera licencia argumental de “Dominio Mágico” (título en castellano de la película de Ingmar): Margaret aparece como escultora (mientras que en papel es fundamentalmente pintora), y tras caérsele encima una de sus voluminosas obras –la cabeza de un fauno-, ingresa en un hospital donde trabaja Arthur, su prometido –en el film no queda claro si se conocen antes del accidente o justamente en el centro sanitario-, médico que le realizará una compleja operación de cirugía en la espalda. Uno de los estudiantes que presencian la ejecución es Oliver Haddo –interpretado por el legendario Paul Wegener-, visitante de la biblioteca del Arsenal y sumamente interesado en la creación de vida artificial –mediante la alquimia y sacrificando el corazón de una virgen-, mucho más meritoria que andar a vueltas con la medicina convencional.





El británico Ingram cambia los salones y restaurantes de lujo del relato por el parque de Atracciones –pequeño papel para el futuro director y compatriota Michael Powell (“El ladrón de Bagdag”, “El fotógrafo del pánico”) a la hora de recibir la silueta en papel realizada por un caricaturista del parque o asistir como público a la sesión de encantamiento con serpientes, escena esta vez sí plasmada en la novela-.

Se describe un París caótico, infectado de los primeros automóviles –los coches de caballos, tan presentes anecdóticamente en el texto original, son sustituidos por el aquelarre sin concierto de la modernidad y el progreso-.





Haddo emplea las mismas artimañas que en el libro para llegar a una desafecta -en grado sumo- Margaret. Escribe una carta a su compañera de piso –Susie- haciéndose pasar por una amiga de ésta para que abandone durante un tiempo precioso la casa y así poder aparecer en el domicilio, estar a solas con Margaret y poder hipnotizarla, dominarla y arrastrarla a un mundo de pesadilla. El fauno cobra vida, el sátiro despierta las más bajas pasiones y tanto Haddo como Margaret se impregnan por completo de un ambiente en forma de bosque humeante, salvaje, libertino y nigromante cuya escenografía recuerda muy mucho a la empleada por Lachman en los momentos más apoteósicos de “La nave de Satán”, film realizado casi una década después, ya en el sonoro. Son estas secuencias de la influencia imparable y perniciosa de Haddo las que más se acomodan de manera más fidedigna a la novela de Maugham.

En “Dominio Mágico” no es Susie quien redescubre a una Margaret ya esposada por Haddo, sino el propio Arthur, a la búsqueda y captura de la pareja –Montecarlo, epicentro del juego y la corrupción-, lo que reconfigurará y acomodará el discurrir del argumento respecto del original, centrando aún más la trama en el triángulo amoroso-de posesión entre Haddo, Margaret y Arthur. Caso parecido respecto a la supuesta demencia de Haddo: en la novela se sugiere que se trata de un caso hereditario, mientras que en la película se omite directamente la última puntualización.





Es una película luminosa que dosifica tinieblas y vesania, que aplaca la degeneración en el hábito sufrida por Margaret a medida que va capitulando a la voluntad de Haddo.

La mansión de Maugham y su arboleda descuidada son sustituidas en la pantalla por un castillo al modo transilvano: inhóspito y prácticamente alejado de la civilización –elocuente el plano donde Arthur y el profesor Porhoët, amigo de la pareja, cambian el vehículo a motor por la calesa-, donde contará con una participación inédita en el laboratorio del primer texto, una especie de Igor liliputiense.


Mucho más esquemática es la parte final: eliminada de la acción la la cuarta protagonista –Susie-, el desenlace devendrá más convencional, con una Margaret –como advertí al inicio- atada de pies y manos y un Paul Wegener en modo chamán desatado e inserto en un laboratorio barroco y sulfuroso.

miércoles, 22 de febrero de 2017

El mago, de W. Somerset Maugham






“Creo que seguiremos siempre ignorantes de los puntos que más nos interesa saber y, por tanto, no puedo ocuparme de ellos. Prefiero dejarlos de lado y, puesto que el conocimiento nos es inaccesible, ocuparme solo de la locura”


Si por un casual escuchan a un editor quejarse de que en España se (re)edita más producción anglosajona que en castellano, acuérdense –aunque sea solo un momento, por deferencia- de William Somerset Maugham. Se trata de un caso pelín sangrante teniendo en cuenta de que se trata de uno de los novelistas de más éxito (y calidad: sí, aquí ambos condicionantes van de la mano) de la primera mitad del siglo XX. Aviso a navegantes y hacedores de best sellers: la codicia publicitaria y las grandes tiradas no te dan la posteridad, muchas veces incluso mereciéndolo. En los últimos tiempos –corríjanme si me equivoco-, a excepción de la compilación “Lluvia y otros cuentos” publicada por Atalanta, cuesta encontrar obras de Maugham más allá del proceloso mundo de las tiendas de segunda mano, lo que a menudo se conoce popularmente como ‘librerías de viejo’.

Me pasó, por ejemplo, con su extraordinaria novela “Soberbia” (“The Moon and Sixpence”) y recientemente con la que traigo hoy aquí a colación. Solo se encuentran en ediciones baratas –en algún caso tirando a desamparadas-, de esas que se deshacen en tu mano –parafraseando el slogan del chocolate aquel- cuando no a la altura de tu nariz. La de “El Mago” que ilustra esta reseña es un ejemplar del Grupo Plaza (los de Plaza & Janés) de 1962. Hay que cogerlo con pinzas y, como decía antes, no precisamente en relación a su calidad literaria. Es una cosa más bien táctil y visual: no hay más que ver la portada que, aparte de equívoca, es absurdamente camp y anacrónica.





Ahora que Aleister Crowley vuelve a estar de rabiosa actualidad (Valdemar y La Felguera editan estos días algunos de los títulos del mago y ocultista para solaz de propios y sobre todo extraños), no sería mala idea que, por ejemplo, la primera de estas dos editoriales citadas vuelva a relanzar “El Mago” en una (re)impresión gótica o similar, habida cuenta de que dicha obra fue publicada por los madrileños en una de sus primeras colecciones –“Tiempo Cero”-, hoy poco menos que inencontrable.

Crowley es el personaje sobre el que pilota toda la acción de “El Mago”, escrita y publicada por Maugham cuando Crowley empezaba a despuntar en la escena social, literaria e ilusionista de principios de siglo (su polémica actividad en la Primera Guerra Mundial supondría la catarsis croweliana). Maugham le cambia el nombre (Crowley pasa a llamarse en el texto Oliver Haddo) y, según las malas lenguas –incluida la propia: Maugham reconoce en el prólogo algo así como que se basó “remotamente” en el personaje- dicen que el autor de “El filo de la navaja” hizo una semblanza no exenta de distorsión y grandilocuencia poco menos que gratuita. ¿Conflicto de intereses?: al parecer ambos se hacían la competencia dentro del espionaje británico. Da igual: se trata ante todo de una novela de ficción y, como tal, Maugham moldea a su antojo en la novela a un individuo inquietante, abominable e impredecible que hará las delicias de los fans de los mad doctors que poco más tarde se pondrían de moda en el cine, aquí a golpe de prestidigitación, fantasías delirantes -¡homúnculos!- y maldad en estado puro.





Como en “Soberbia” hay una acción in crescendo hasta llegar al climax final, siempre rotundo y a punto del desequilibrio más absoluto. Una protagonista femenina –Margaret- que evoluciona desde el recato más (auto)impositivo a la dejación más dependiente, y un tercer vértice –Arthur, el prometido de Margaret- que transita en un primer momento entre la militancia científica -y por tanto descreída de efluvios idólatras- y el abrazo de la certidumbre hechicera a continuación. Y como en aquella novela, también está presente el contraste entre un París cosmopolita pero que da aún un valor preeminente a las conductas sociales “adecuadas”, y el libre albedrío y la degeneración de aquellos que osan salirse del camino prefijado.
Hay ecos bastante evidentes de otras obras importantes –y publicada unos pocos años antes- como el “Allá lejos” de Huysmans donde, bajo el discurrir de las formalidades y los escrúpulos preestablecidos de la sociedad europea del momento subyace un mundo de misas negras mezclado con experimentos fatídicos y Gilles de Rais –en ambas- como sombra amenazante y referencia ineludible. O reminiscencias del “Inferno” de Dante, en el episodio donde Haddo/Crowley practica con Margaret una sesión de encantamiento que desemboca en paisajes y comportamientos que hacen guiños a las vicisitudes de Virgilio y Alighieri.


Próximamente la película.

viernes, 10 de febrero de 2017

El apoyo mutuo. Un factor de evolución, de Piotr Kropotkin





No se trataba tanto de impugnar a Darwin como de oponerse a uno de sus principales seguidores, el maniqueo Thomas Henry Huxley. La contraposición entre la lucha de todos contra todos (Huxley), tan del gusto del pensamiento ultraliberal y capitalista –devenido más falso que una moneda de madera-, y la sociabilidad y la lucha mutua (Kropotkin) como factor histórico de desarrollo y adaptabilidad al entorno.

Dividido en fases que van de las sociedades tribales al corporativismo y la sindicación de principios del siglo XX (fecha en la que está escrito este tratado), pasando por las comunas aldeanas de los bárbaros o los gremios medievales, “El apoyo mutuo. Un factor de evolución” repasa todos aquellos acontecimientos que, más o menos evaporados de subconsciente actual –donde se ha impuesto el pensamiento único de la depredación y el sálvese quien pueda como (amañado) modelo de conducta a seguir no solo entre congéneres sino respecto al resto de habitantes del planeta, repasa todos aquellos acontecimientos que valoran y evidencian la permeabilidad al asociacionismo tanto del ser humano como de la mayor parte de las diferentes especies animales como instrumento fundamental para la durabilidad y la progresión de todos ellos. Como bien dice el propio Kropotkin, “después de haber oído tanto sobre los que dividía a los hombres, debemos reconstruir piedra a piedra las instituciones que los unían”.





Los dos primeros capítulos, eso sí, se centran exclusivamente en la ayuda mutua entre animales y es donde, además de Huxley, también recibe sus palos Rosseau y el papel de bestia inmisericorde que este último quiso otorgar al hombre respecto al resto de individuos. En ambas partes el bueno de Kropotkin alude a la predisposición nacionalista de las hormigas –en contraposición al internacionalismo de la vizcacha-, al talante conciliador de las abejas con refugiados e inmigrantes respecto a su grupo, además de su predisposición a la erradicación del latrocinio o la delincuencia en general. También a la promoción de las jornadas laborables reducidas en las ardillas que, por otra parte, son proclives a un cierto afán acumulativo-capitalista en gran medida a consecuencia del ahorro. O del sentido de la independencia en las marmotas y del federalismo de los corzos. Siempre con la “suavización –cuando no la eliminación- de la competencia allí donde existiese”.

Por el título no se trata de un libro de auto-ayuda, sino de una teoría filosófica del pensador moscovita asentada en el empirismo que parte de la observación detenida de los modelos de conducta que han ayudado (valga la expresión) a la formulación del fomento de la alianza como causa fundamental para el progreso, el desenvolvimiento y la supervivencia. Es su certero relato, frente a la ambivalencia (por decirlo suavemente) del sacrificio y la supuesta inevitabilidad del egoísmo, heredadas ambas del retorcido pensamiento cristiano –con una versión para todos los públicos llamada caridad, contraria a la ayuda mutua, por ser una virtud superior heredada del cielo- o el intrusismo estatal, formado por “teóricos de la ley o defensores de los intereses ajenos”.





“La absorción por el Estado de todas las funciones sociales favoreció inevitablemente el desarrollo del más estrecho y desenfrenado individualismo. A medida que los deberes del ciudadano hacia el Estado se multiplicaban, los ciudadanos se liberaban de los deberes hacia los demás”. Y también: “la ausencia de intereses comunes educa la indiferencia; y el coraje y el ingenio, que raramente hallan aplicación, desaparecen o toman otra dirección”.


La lucha por la existencia como una pelea contra los condicionantes naturales, no contra los medios o los grados. Ni más ni menos.