viernes, 29 de julio de 2016

Discos imprescindibles del pop japonés (III)






SAEKO SUZUKI – “Visinda Og Leyndardómur” (Dear Heart, 1984)

Disco compuesto entre Mari Fukuhama (de Real Fish), el marido de Saeko (Keiichi Suzuki, de Moonriders) y la propia Saeko (ex-Films). Aparentemente un álbum de tecno-pop de fácil digestión, viene intercalado por instrumentales bizarros, donde la colisión entre cajas de ritmos, teclados insistentes e inconformistas y discontinuos arreglos de cuerda lo hace posicionarse no muy lejos de otros artefactos de la época como las grabaciones más sintéticas de Franco Battiato -también mezcla orientalismo y oblicua intelectualidad con yuppismo de serie B- o el “Amour Toujours” de la francesa Lio.

Las canciones propiamente dichas son de pulso radiante –“Kagi To Stamp”, “Okashinaokashina Ferryboat”, “Lovely Planet”- pero también añorantes de las melodías de las cajas de música –“Mahow No Kuni”-, de estructuras y arreglos con suficientes sorpresas en sus evoluciones para poder hablar de un trabajo ambicioso y poco acomodaticio.

Por intermediación de Keiichi tendría lugar un tiempo después la colaboración de los mismísimos Andy Partridge y Dave Gregory en el posterior “Studio Romantic” (1987) de Saeko, donde se hacía una versión del “Happy Families” que los XTC habían compuesto en teoría expresamente para la película “She’s Having a Baby” de John Hughes.










YUKAKO HAYASE – “Soutsu” (Sixty, 1985)

Actriz desde finales de los setenta y cantante a partir de este su disco de debut. Empieza y acaba con sendos arrullos que escoltan otras ocho canciones donde hay pop-rock erudito revestido de ritmos calenturientos –"Sartre de Nemurenai", “Cecil Cecil”-, bossa nova –“Butterfly”-, pop garboso a la francesa –“Le Cabaret”-, sophisti-pop expansivo –“I Want To Die on Wednesday”- y hasta aires de music-hall –“Pink de Chapeau”-. La imaginación y la diversidad al poder. La carrera de Hayase no volvió a contar con un despliegue de canciones tan atinado, y por ello este “Soutsu” queda para la posteridad, aparte de cómo su disco más valioso, como uno de los grandes álbumes de city pop, esa corriente también típicamente nipona que cristalizó en los años setenta y que era una especie de pop elegante, adulto y urbanita –como el mismo nombre indica- cuyas producciones hoy suelen sonar un tanto trasnochadas. Pero no es el caso.










 DIP IN THE POOL – “10 Palettes” (Moon, 1988)

Este dúo –bautizado con el título de un cuento corto de Roald Dahl- en sus inicios hacía un pop abstraído, minimalista y pausado, más ‘ambient’ que ‘dream’.  Su cantante –Miyako Koda- gastaba un look a la manera de Tracy Thorn, pero su música entonces estaba más cerca de su paisana Anna Domino o de la Virginia Astley más pop que de Everything But The Girl, aunque con el paso del tiempo arreglaran más sus canciones y les diera ya en los noventa por convertirse en los Swing Out Sister japoneses.

“10 Palettes”, su segunda grabación, gana en efusividad con respecto al debut, hoy convertido por otro lado en disco de culto en su país. Esta continuación se compone de diez canciones cosmopolitas, más valientes y (algo más) bulliciosas: con un trote que no por ello deja de lado el espíritu recogidamente autárquico de sus comienzos. Gana en extroversión y, por tanto, en versatilidad, y eso se acaba pagando (para bien). Recuerda poderosamente a “Cardiffians”, la obra maestra de Ian Devine y Alison Statton: es el mismo pop detallista, a la vez circunspecto y retozón, en el lado completamente opuesto a la vulgaridad.

Después de abandonar a finales de los noventa, volvieron hace bien poco (el año pasado) para demostrar que siguen facturando muy buenas y refinadas canciones.










FLIPPER'S GUITAR – “Three Cheers For Our Side” (Polystar, 1989)

“Las escuchas compulsivas de los primeros Aztec Camera (“Boys Fire The Tricot” o la canción que le hubiera gustado escribir a Andy Pawlak), The Monochrome Set (“Sending To Your Heart”) o Sarah Records (“My Red Shoes Story”, “Goodbye, Our Pastels Badges”) pilotan sobre su álbum de debut -“Three Cheers For Our Side”, 1989-, vitaminado y repleto de melodías de fantasía y arreglos adictivos (“Happy Like A Honeybee”), paradigma de estreno cargado de ideas, apropiaciones y fervor adolescente. (…) Luego vendrían las carreras en solitario: Keigo Oyamada como Cornelius (sólo parece interesante su iniciático “The First Question Award”, que todavía mantiene parte del espíritu Flipper’s Guitar antes de convertirse en ese chamán de revista de tendencias al uso a base de poliédricos muzaks electrónicos más próximos al tostón pseudo-experimental que a otra cosa) (…)“

Como básicamente sigo pensando lo mismo, corto y pego de la entrada que les dediqué hace casi tres años en lo concerniente al primer lp de este exquisito grupo de indie-jangle pop y que se puede consultar completa aquí. Un grupo ya merecidamente legendario.










PIZZICATO FIVE – “Bossa Nova 2001” (Triad, 1993)

Deberían sobrar las presentaciones y las consideraciones: el mejor grupo japonés de todos los tiempos frente a la que es, sin lugar a dudas, su obra maestra. Uno de los discos clave de la década de los noventa y también de la eternidad. Para los que conocíamos desde aquella década los recopilatorios concebidos para el mercado occidental (“Made in USA” o “The Sound of Music of Pizzicato Five”, publicados a través del sello Matador), descubrir el contenido íntegro de este “Bossa Nova 2001” supone un festín para los sentidos como pocas veces se puede uno encontrar en un disco de pop, pues incluye las mejores canciones de los ya por sí fastuosos listados.

Hagamos memoria: “Sweet Soul Revue”  fue sintonía del programa radiofónico "Déjate besar" del otrora distinguido Jorge Albi, “Magic Carpet Ride” funcionó de cortinilla para "El Ambigú” de Diego A. Manrique en su etapa en Radio 3 y “Sophisticated Catchy” hizo lo propio para “Lo + Plus” de Canal +.

“Bossa Nova 2001” no da tregua: tiene además “Peace Music” (¿la mejor canción del P5?) y otros clásicos de su repertorio como “Sweet Thursday”, “Go Go Dancer” y prácticamente todas -16 cortes en total-, dejando para el final una “Cleopatra 2001” que bien vale toda una carrera. El elixir de la perpetua juventud.

Los padrinos del Shibuya-Key: Bacharach en vena, obsesión por los sonidos cariocas (Marcos Valle), el dance pop más sofisticado o la pronunciación francesa, todo ello gentileza de uno de los francotiradores más exquisitos, desprejuiciados y sabios: el emperador pop Yasuharu Konishi (¿para cuando una estatua en cada rincón de Shibuya, a la manera de Ultraman?), flanqueado a lo largo de su trayectoria por diferentes vocalistas, de las cuales Maki Nomiya (que ya aparece aquí) es la más duradera y representativa.

Otros discos imprescindibles: “Pizzicatomania” (selección de sus primeros singles, cuando eran prácticamente un trío de techno kayo y tenían otra cantante), “The International Playboy & Playgirl Record” y “The Fifth Release from Pizzicato Five.”

A new stereophonic sound spectacular!




domingo, 24 de julio de 2016

Discos imprescindibles del pop japonés (II)





NIAGARA TRIANGLE – “Niagara Triangle vol.2” (Niagara Records, 1982)

Supergrupo formado originalmente por Tatsuro Yamashita, Ginji Ito (ambos de Sugar Babe) y Eiichi Ohtaki de Happy End. Este último es el único miembro que aparece en los dos volúmenes del proyecto: el primero es de 1976 y seis años después su obra maestra y testamento.
The Beach Boys, The Beatles, Buddy Holly y hasta Al Stewart se dan cita en una producción entrañablemente anacrónica –a veces puede recordar, por limpieza, a las de Madness o a la del “Punch de Clock” de Costello-, pero de una lucidez melódica fuera de toda duda. Como unos Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán del lejano oriente, encontramos clasicismo infalible preñado de juegos voces acomodados con total sabiduría.

Sorprendentemente, y pese a todo su potencial pop –no falta ni sobra nada- se trata de un disco de culto en Japón. Osea, que tan rotundo álbum cumplió no de manera totalmente satisfactoria las previsiones comerciales.







  
CHIEMI MANABE – “Mysterious Girl” (CBS, 1982)

Con una portada a medio camino entre Blade Runner, E.T. y “Woodpeckers from Space” se presenta el único lp de Chiemi Manabe. “Myterious Girl” es EL DISCO de techno kayo, es decir, canción electrónica interpretada mayormente por ídolos teen a principios de los ochenta.
La ex–Pansy -fugaz trío de adolescentes niponas que saltaron a la popularidad gracias al film “Natsu no himitsu” (Summer secret) de Hiromichi Kawakami- atrajo las miradas de la productora, que quisieron hacer de ella una nueva y fulgurante estrella musical.
Con una nómina de infarto escribiendo las diez canciones originales (doce en la reedición en compacto; las dos extras están al mismo nivel que el resto) y que incluye a Haruomi Hosono, Akiko Yano o la Sugar Babe Taeko Ohnuki, el álbum de la de Ehime es un sueño que alcanza la perfección en todas y cada una de las piezas que lo componen. Tanto si la cosa se pone un poco más oscura (“Untotooku”) como si se funde en cha-cha-chá sintético (“Let’s Go Romantic”) o le pega a la balada sentimental “Goodbye Goodbye”).  Son canciones llenas de imaginación, recursos electrónicos al servicio de las melodías y una admirable compensación entre modernidad y canción de toda la vida, sin arreglos irritantes o accesorios y con una sutileza que destierra la simpleza que pudiese albergar a priori una aventura así.

De Chiemi Manabe jamás se supo discográficamente hablando, por lo que su leyenda no ha hecho más que crecer a medida que “Mysterious Girl” ha ido escalando posiciones entre los mejores discos de tecno-pop de su época.








MOON RIDERS – “Aozora Hyakkei” (Japan, 1982)

El grupo liderado por Keiichi Suzuki pertenece a esa estirpe de grupos heterodoxos relacionados en su día con la new wave que, sin embargo, vienen de una tradición pop aún más abierta e insondable. Pienso en los neozelandeses Split Enz, en los holandeses The Nits o, sin ir más lejos, en los británicos XTC. La nueva ola es la que les sitúa cronológicamente más cerca, pero sus referencias van mucho más allá desde un principio, partiendo de los años sesenta –The Beatles, Byrds, Kiks o Beach Boys- y adaptándose a las circunstancias según van avanzando sus trayectorias.
En el caso de los tokiotas Moon Riders –considerados, junto a Ippu-Do y la YMO la Santísima Trinidad del pop de finales de los setenta-, en sus inicios hay connotaciones del phyladelphia sound, del cararet o la disco music, hasta llegar a la irradiación punk o new wave, sobre todo a partir de su disco “Camera Egal Stylo” de 1980. Sin embargo es en “Aozora Hyakkei” donde todas sus influencias se suceden de manera más natural y fluida.

Hay momentos en que recuerdan a Squeeze, a Elvis Costello o a los citados Split Enz/Nits.
Pero si por algo debe pasar a la historia este disco es por ser la mejor traslación del “English Settlement” de XTC a la idiosincrasia japonesa. No en vano Sukuzi siempre tuvo a Andy Partridge entre sus ídolos máximos. Algo que se nota claramente en “Kiri no 10m2” -puro “Drums And Wires”- , “Tonpikurenkko” –que parece salida del “Black Sea”-, “Mayonaka no Tamago” o “Aozora no Marie”. “Kurenai Futou”, algo más electrónica, parece una pre-cuela del “This World Over” que los de Swindon incluyeron en “The Big Express” (84).








MIHARU KOSHI – “Tutu” (Yen, 1983)

Otra superestrella adolescente reciclada en vocalista de jazz con el paso del tiempo. Sin embargo, 1983 es la época de la fiebre techno kayo y Miharu Koshi no va a dejar pasar la oportunidad de facturar un disco del estilo a su medida. Compuesto por ella misma a excepción de una versión de los belgas Telex –la que abre el disco, “L'Amour Toujours” – y con la producción del omnipresente Haruomi Hosono, conviven los consabidos ritmos juguetones –“Sugar Me”- mezclados con pop electrónico y una fascinación por el pop francés del momento –“Laetitia”, “L'amour... Arui wa Kuro no Irony”- perfectamente insertada en el conjunto.

“Tutu”, tercer álbum de Miharu Koshi, se cierra con una triada definitiva: “Keep On Dancin’”synth-pop latino elegante y coqueto- y, sobre todo, “Petit Paradis” -chanson de carrusel- y “Nichiyo Wa Ikanai”, esta última una de las mejores canciones del pop japonés de todos los tiempos:









YELLOW MAGIC ORCHESTRA – “Naughty Boys” (Alfa, 1983)

Los puristas del grupo preferirán “Solid State Survivor” o “Technodelic” como posibles cimas de Hosono, Sakamoto y Takahashi –los pigmaliones del j-pop- juntos, pero yo prefiero quedarme, sin duda, con uno de sus discos tardíos, antes de la primera disolución. “Naughty Boys” es apoteósico, de degustación inmediata: uno de los discos de tecno-pop más completos e impecables de siempre. Aquí no hay sketches, experimentos más o menos exóticos o batiburrillos estilísticos como venía ocurriendo en el pasado. Desde la fantasiosa “Kimi Ni Munekyun” –antecedente lejano del shibuya-key- hasta la muy Eno “Wild Ambitions” es todo sustancia, con un guión equilibrado en todo momento: canciones perfectamente ensambladas y ritmos contundentes a la par que pegadizos. “Focus” recuerda a los Talking Heads más vitaminados –los de “Remain in Light” o el contemporáneo “Speaking in Tongues”- y “Open Muy Eyes” a Japan, y como dato anecdótico el Be Bop Deluxe Bill Nelson se encarga de algunas de las guitarras del disco. Para los neófitos sugiero empezar por este o por el citado “Technodelic” (81).

El culmen de un periodo incesante e insaciable para sus protagonistas.



miércoles, 20 de julio de 2016

Discos imprescindibles del pop japonés (I)



                  Yumi Arai


Japón sigue siendo una de las industrias más potentes del negocio musical en el mundo y, sin embargo, de las menos conocidas. O conocidas de una manera más sesgada. Lo que nos llega mayormente es su absorbente asunción de buena parte de los patrones occidentales en cuestiones de ritmos y estéticas o sus obsesivos coleccionismos y/o reivindicaciones, de tal manera que funciona como refugio expositivo para (casi) todo tipo de artistas y grupos, desde el mainstream hasta la delicatessem independiente más extremadamente minoritaria.

Pero, ¿y su producto interior?. Se conocen millones de cosas, ciertamente –aunque sea a modo de goteo, casi siempre ha ido llegando algún grupo que ha alcanzado una cierta notoriedad-, pero muy pocas veces se alcanza a tener una visión más o menos panorámica de ciertos géneros o corrientes musicales procedentes del país, partiendo de algún tipo de depuración de criterio.
Aquí vamos a tratar, aunque de manera modesta e inevitablemente incompleta, de trazar una vista general –la selección comprende desde principios de los años setenta hasta nuestros días- de algunos de los grandes discos de POP que se han facturado en aquel rincón oriental. “This is pop”, que cantaba Andy Partridge (el XTC, por cierto, también hizo sus pinitos con algún que otro protagonista de nuestra serie, además de comprobar la entusiasta aceptación allá de su obra). Nada de música experimental de barraca de feria, de rockismos vacuos o punk aristocrático. Canciones pop –incluso ultrapop- encapsuladas en álbumes formidables de principio a fin.






KIYOKO ITOH – “Woman At 23 O’clock - Love In” (CBS, 1970)

Una de las presencias más destacadas del volumen “Nippon Girls 2: Japanese Pop, Beat & Rock 'n' Roll 1965-70” –editado en 2014- con “Mishiranu Sekai”, Kiyoto Itoh publicó dos álbumes imprescindibles en el cruce de décadas 60-70. El segundo de ellos -el que nos ocupa- perdió en el camino mucho del candor ye-yé y ganó en tórrido ensamblaje de barroquismo pop, recitados insinuantes –la resaca del tándem Gainsbourg-Birkin, que hizo verdaderos estragos- y amor por la chanson más hetedoroxa (no en vano la propia Itoh adaptó una pieza -“Silence”- de Armand Canfora, autor del estándar “Non c'est rien”), con ecos de Morricone incluidos (“Goji Kara Juji Made No Watashi”). Demasiado voltaje para su tiempo: el álbum acabó en las marginales cubetas de los discos soft-porn y no ha sido hasta hace bien poco que ha empezado a ganar en prestigio. Itoh es, sin duda, un talento considerablemente superior al de otras “rivales” contemporáneas tipo Carmen Maki.

Su discografía  se cierra con un tercer álbum donde interpretaba canciones de Paul Simon, ya fuese en solitario o en su periodo con Art Garfunkel.









YUMI ARAI – “Misslim” (Express, 1974)

Se suele considerar su debut –“Hikō-ki Gumo”, publicado un año antes- como el más destacado de su discografía inicial, entre otras cosas por la recuperación de la soberbia canción homónima para el filme de anime “Nicky, la aprendiz de bruja” de Miyazaki a finales de los ochenta. Sin embargo su segundo lp se nos antoja aún más consistente y equilibrado, con himnos como “Yasashisa Ni Tsutsumaretanara” o “Junigatsu No Ame” marcando la diferencia. Compuesto íntegramente por esta cantante legendaria –su carrera continúa hasta nuestro días, ya fuese como Yuming después o actualmente con su apellido de casada, Matsutoya-, “Misslim” es un impecable álbum de pop soleado –o soft pop, si lo prefieren, con Mamas And The Papas o Carole King en el punto de mira- reforzado con la inestimable presencia en los coros de los míticos Sugar Babe –el grupo de culto setentero por antonomasia en Japón- y el futuro Yellow Magic Orchestra Haruomi Hosono tocando el bajo.









IKKI SUZUKI – “Branco No Yume” (self-released, 1976; reed. Branco, 2006)

A mediados de la pasada década se produce en el panorama independiente anglosajón la exhumación de montones de discos oscuros u olvidados publicados a finales de los sesenta y principios de los setenta que guardan polvo en recónditas tiendas de discos y archivos discográficos. Vashti Bunyan, Linda Perhacs, Ruthann Friedman o la alemana Sibylle Baier son algunos de los nombres que saltan a la palestra, convertidas en fetiche de nuevas generaciones ávidas de emociones puras y, en muchos casos, estremecedoras. El folk más confesional se vuelve a poner de moda y Japón no se puede quedar atrás: se (re)descubre una pléyade de artistas outsiders que en el país del sol naciente a mediados de los setenta dejaron constancia de una sensibilidad pareja a los nombres arriba citados, auto-editándose en muchos de los casos. Los más relevantes: Nobue Kawana y nuestra elegida, Ikki Suzuki.

“Branco No Yume” es un disco místico, virtuoso, pero también rebelde e inconformista. Ikki Suzuki rara vez susurra o languidece: ella canta con pasión, interpreta con una profundidad y una decisión absolutamente sobrecogedoras. Y acaba chillando de amor.









SUSAN – “Do You Believe In Mazic” (Epic, 1980)

Cantante, presentadora y actriz, Susan Nozaki -japonesa con ancestros franceses- empezó muy joven conduciendo programas de televisión, actividad que compaginaba con sus actuaciones en anuncios de todo pelaje. “Do You Believe In Mazic” (así, con z) fue su puesta de largo, un disco más centrado en ritmos nuevaola que en los puramente sintéticos en los que se suele insistir en relacionarla aquí, a pesar de que es cierto que ya incluía muestras de un incipiente techno kayo (“Ah! Soka”, “Screamer”).

Recuerda indistintamente a los primeros Pegamoides –“Dream Of You”-, The B-52’s – Modern flowers in a boot”- o Blondie –“Freezin' fish under the moonlight (Eatin' my backbone)”, además de incluir la inevitable cuota reggae-pop de aquellos días –“Glass Girl”-. Hits trepidantes –“24,000 Times Kiss”- y clásicos incuestionables –la citada “Ah! Soka”- lideran esta auténtica gozada, que se merienda de una tacada a compañeros de viaje –y colaboradores en el disco- como Sandii & the Sunsetz o Plastics.

Su continuación -“The Girl Can't Help It”, publicado un año después- desgraciadamente no llegó ni mucho menos al nivel de este debut saleroso repleto de muy buenas ideas perfectamente ejecutadas e interrumpió una carrera musical que hubiera merecido más recorrido.









AKIKO YANO – “Tadaima” (Japan, 1981)

La portada refleja a la perfección el contenido del disco. Es, aparentemente, pop agradable y de fácil consumo, pero entre los surcos esconde ritmos esquinados, imprevisibles y sensaciones inquietantes. Es el disco ‘moderno’ –Akiko Yano suele tirar normalmente de clasicismo al piano- de la primera época de la mujer de Ryuichi Sakamoto: iconoclasta, incómodo e insobornablemente arty. ¿Han dicho Yoko Ono?. Ciertamente podemos decir que algo de su espíritu sobrevuela entre no pocas de estas canciones.

Hay techno-kayo (“Tadaima”, “Ashkenazy Who?”), tecno-punk pizpireto (“VET”), mestizaje a la manera Eno-Talking Heads (“Rose Garden”) o pop pluscuamperfecto (“Itsuka Ojisamaga”, “I Sing”), pero lo que le da el verdadero carácter es la parte central del álbum con piezas de un ajustado sentido de lo experimental –“Iranaimon”, por ejemplo, podría pasar por una de las piezas más accesibles de Residents-. Es ahí donde Yano se descuelga al piano mezclando jazz y kayōkyoku (pop clásico nipón) con tonalidades imposibles y, a veces, disonantes, pero jamás tediosas o estériles. Yellow Magic Orchestra como grupo de apoyo; Sakamoto controlando todo tras la mesa de mezclas.