martes, 16 de septiembre de 2014

091, "Último Concierto" (1996; Edición 10º Aniversario, 2006)





Rescato una reseña que me encargó en su día -año 2006- la web gallega de Desconcierto con motivo de la reedición del último disco de 091, el álbum en directo "Último Concierto". Entonces la firmé con el pseudónimo de Lenny Leonard. Los motivos de la recuperación han sido dos: por una parte la desaparición del texto en dicha web debido a los cambios -estructurales y de diseño- sufridos por la misma desde entonces y también por el reciente descubrimiento de la reseña en un blog que la incluyó sin citar la fuente original y adjudicándose el responsable del mismo la autoría*.

Hay un motivo extra, mucho más especial: aprovechar la anécdota para volver a reivindicar a uno de los grandes del pop y del rock español, que nunca está de más. Este es el texto:



“Mil puestas de sol en mi pasado,
pensando en cosas que nunca habéis pensado:
En los dioses primigenios,
en la libertad y en su precio,
en la plateada escarcha del amanecer.”

"La Canción del Espantapájaros"


Fueron un claro ejemplo de ingratitud comercial y excelente compensación sentimental y crítica. De la ligación pegamoide de sus primeros singles y los asomos after-punk del debut -“Cementerio de automóviles”-, a la acritud roquera de sus últimos trabajos – “Tormentas imaginarias”, “Todo lo que vendrá después” o este “Último concierto”, entrañable despedida de sus fans y valedores-, Ceronoventayuno fueron evolucionando lentos pero con paso firme, afianzando un estilo muy suyo, solapando sobriamente la influencia anglosajona con el temperamento propio del terruño español (no en vano fueron de los primeros de su generación en rendir pleitesía, por ejemplo, a la tradición pop española versioneando a Los Brincos), sostenidos en la certera y hacendosa escritura de José Ignacio García Lapido y la voz de José Antonio García, uno de los mejores y más expresivos solistas de aquí. Los dos, con el advenimiento de Tacho González y las puntuales aportaciones del resto de tripulantes de la nave granadina, incluida la intermitente aparición del Lagartija Nick Antonio Arias, se convirtieron muy pronto, y a lo largo de los años en activo, en uno de los tándem más perfectamente engrasados –y casi indisolubles- de la historia del rock español.





Fue con el segundo de sus álbumes, “Más de cien lobos”, cuando arranca definitivamente ese carácter personal en sus canciones, aquí escorado hacia terrenos más norteamericanos. Milagrosamente producido por Joe Strummer, la soltura y contundencia de las guitarras ya son un hecho, y sólo quedará afinar aún más los ya de por sí magníficos textos de García Lapido: angustiosas y maduras proclamas en el desierto, pedazos de pura y lúcida filosofía de la subsistencia y la amarga esperanza. Letras repletas de sutiles referencias, cultas o populares, salpicadas con las conclusiones de Lapido, soberanas deliberaciones que conformaron un corpus casi inédito en la literatura rock de nuestro país, aparte de uno de los más sensatos.

Con “Debajo de las piedras” y “Doce canciones sin piedad” intentaron casi denodadamente la recompensa mediática que muchos de sus contemporáneos habían conseguido años antes, pero parecía que su condición de “losers” iba a estar pegada a sus húmedas camisas como un hábito desgraciadamente eterno, inamovible. Suerte que parecieron alimentar ya desde el título de su siguiente disco, “El baile de la desesperación”, y en las grabaciones finales ya citadas.





Fiel reflejo de su postrera etapa, la más “hard”, es este “Último concierto” reeditado en este 2006 con motivo del décimo aniversario de aquella velada. Álbum triple con dos cd´s y un dvd, incluyendo éste último una versión reducida del repertorio y las declaraciones del grupo sobre su íntegra trayectoria. Rocanrol áspero, consciente, punteado por los diálogos de guitarras entre los hermanos García Lapido, acompañando la dicción de José Antonio, mucho ‘groove’, y casi todos ellos momentos más que significativos en la carrera de los granadinos, como los que hablan de la pérdida en “La noche que la luna salió tarde”, los recortables en “Qué fue del siglo XX”, la estremecedora incomprensión de “La canción del espantapájaros” y la identificación apocalíptica en “Otros como yo”; las crudas pinturas de “Escenas de guerra” o la desolación de “La torre de la vela”, sin olvidarse del realismo mágico del “Cementerio de automóviles” o el recuerdo de los frívolos balbuceos regados con “Fuego en la oficina”. Presencias y omisiones en la platea y el subconsciente, su repertorio siempre fue uno de los más sólidos y necesarios de su tiempo, de los que habían sido y los que tendrían que venir. Por ello nunca una denominación como la de entrañable estuvo mejor inventada para un grupo como 091.


* La entrada a la que hago referencia ya ha sido borrada del blog donde estuvo alojada.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Memorias de una enana, de Walter De La Mare






Dijo de él H.P. Lovecraft: “Alberga consistentes trazas de extrañas visiones que llegan muy adentro en veladas esferas de lo bello y lo terrible y en prohibidas dimensiones del ser. (…) No hace del miedo el único, o ni siquiera el dominante, elemento (…), estando al parecer más interesado en las sutilezas de los caracteres. (…) Es de los pocos para los cuales lo irreal se hace presencia viva y vívida, y como tal es capaz de poner en sus ocasionales trabajos sobrenaturales una potencia tan grande como solo un maestro excepcional puede conseguir.”

Hablaba verdaderamente de los poemas y relatos cortos de Walter De La Mare, pero de alguna manera podemos hacer extensibles sus palabras a la novela que nos ocupa. Como su título indica, estamos ante el relato pormenorizado -a lo largo de un año- de las andanzas de una liliputiense de clase media partida por la orfandad, la exclusión social y la reafirmación espiritual y cognitivo.






"Esa noche soñé con ella. No se veía más que unas olas negras e hirvientes que arrojaban sus crestas de cuajada espuma hasta las nubes (...). Flotando en medio del remolino de debajo, una forma amada más blanca que la espuma, con los ojos cerrados, bajo el arco gigantesco del agua. ¿Quién cuelga esos velos trágicos en la mente dormida?. ¿Quién era ese yo que los miraba?. Me desperté estremecida, musité una bendición inconexa, sin nombre (...)"



Desde una perspectiva y unas situaciones absolutamente british (el texto se publica en pleno reinado de Jorge V pero mantiene el efluvio victoriano por los cuatro costados) De La Mare se hace valer de las características diferenciales de su protagonista para lanzar un diagnóstico detallado de la sociedad británica de principios de siglo.

Hay resonancias lésbicas poco o nada disimuladas, disecciones de maldad pura y manipulación emocional –a cargo de la hijastra de la patrona de M., la pequeña cronista de la historia- y personajes de extracción incierta como el admirador infatigable de M., que parece un cruce entre una criatura semihumana de los bosques y “Nuestra Señora de París” de Víctor Hugo. Por no hablar del capítulo “Freaks”, donde nuestra estrella se desquita del pudor ordinario donde ha permanecido oculta todo ese tiempo para ingresar en un espectáculo circense como atracción reveladora.






"¡Escribir!: (...) tomar un cuartillo o más de sangre propia; mezclarlo con un frasco de tinta y una cucharadita de lágrimas; y pedirle a Dios que perdone los borrones."



Constantes referencias literarias directas: “Sentido y Sensibilidad”, “Cumbres borrascosas”, “Robinson Crusoe”, “Alicia en el País de las Maravillas”… además de Shakespeare, Coleridge, Elisabeth Barrett Browning o Wordsworth, que hacen “Memorias de una enana”, a nivel de este tipo de guiños retóricos y recreativos un equivalente inglés a la contemporánea “Los monederos falsos” de André Gide con la retranca de Ronald Firbank.

La capacidad del amigo íntimo de W.B. Yeats para (re)crear e introducir escenas inquietantes o desasosegantes -y en algún caso tortuosas- desde un prisma eminentemente realista y cotidiano siempre estará entre sus más logrados empeños, haciendo de su esforzada lectura una experiencia finalmente satisfactoria.


“Memorias de una enana” tiene mucho de lo que debemos exigir a las narraciones procedentes de la campiña inglesa: especulación íntima llevada en algún caso al paroxismo, sibilinas conspiraciones bajo la cubierta del paraguas y cinismo e hipocresía –eso sí, con la acostumbrada entereza que da la flema- de precisión naturalista. Siempre a un paso del jardín del conocimiento.






"Creo que ya no me queda en el mundo ni un solo pariente (....). Se han ido todos a un mundo de luz: aunque de vez en cuando he tenido la sospecha de que a unos pocos de los que mala fama los enterrasen vivos. Lo cual no es demasiado espantoso. Está claro que la vida consiste en ir perdiendo varias clases de piel... y curtir lo que quede."