martes, 17 de abril de 2012

Diario de un hombre de éxito, de Ernest Dowson





Cuando lo compré el otro día pensaba que ya estaría editado cierto tiempo atrás. Mi atención para con las novedades es similar al interés que presto a la composición de la Chamaemelum nobile, sólo que esta vez la disposición de ciertos elementos allá en el universo parece haberse conjurado en una fina línea simétrica por mor de ese travieso ingenio que llamamos azar. Vaya por Dios. Dowson, effete terrible, no deja de ser una flor exótica en el panorama editorial de por aquí, por lo que en mitad del alegre río revuelto de tanta licencia como se genera en la actualidad –o al menos yo tengo esa ligera impresión-, no conviene dejar de hacer acopio de semejante capricho de una de las minors más voluntariosas.



Como ocurre en otras piezas suyas -como “Absinthia Taetra”- donde, por mucho que amenacen las peores bestias (“Le acosaron memorias y terrores”) y cambien constantemente los tonos de aquello que seguimos amando se sabe que el efecto permanecerá inalterable (“Mas bebió ópalos”), este “Diario de un hombre de éxito” (título tan irónico como incompleto y un tanto tramposo por el egoísmo que transpira subrepticiamente: hay que asomarse a sus páginas para saber qué con qué cartas juega al final Ernest respecto a sus evoluciones argumentales) hace hincapié en un estado de ánimo propio de un invernadero personal (senti-mental) al cual se le intenta enchufar un buen día y como quien no quiere la cosa una potente estufa nostálgica, a la vez que se deja soltar entre sus bancos una fiera depredadora con el fin principal de ahuyentar a los roedores del tiempo que pretendan importunar esos recuerdos hasta entonces bien enhiestos y, de paso, tratar de concretar en qué ha podido derivar su sino. El protagonista, vestido con una especie de sobrio nihilismo -“sin esperanzas ni promesas”- irá en busca de una luz, de una explicación que pueda conformar la cuadratura del círculo, por mucho que aquélla acabe tornándose todavía más terriblemente negra que cuando inició sus pasos. Una película existencial tan frágil como la capa de una cebolla, aprisionada por el fardo de la memoria y consumida por la combustión del futuro. Quebrada por el recreo de la providencia.



Esto es, como su enunciado propone, un diario. Un breviario cuya lectura y extensión debería hacer recapacitar a todas aquellas y aquellos que han llenado a lo largo de sus muy respetables vidas horas y horas con incontables folios y el raquítico saldo final de haber dado vueltas y vueltas concéntricas para, en la mayoría de los casos, no llegar a un colofón o un planteamiento ni por asomo tan brillantes, rotundos y ricos en acontecimientos como los que aquí se ejemplifican en tan poco espacio. Estamos hablando una suerte de haiku con formato de agenda que ha resistido ese incansable paso del tiempo gracias a una capacidad de síntesis encomiable, la misma que Dowson profesó siempre en vida.