miércoles, 27 de abril de 2011

Mathilde Santing, “Water under the bridge” (1984)




Convertida por muchos años en una gran dama de la canción europea, Mathilde Santing ha vertebrado la casi totalidad de su repertorio a base de criterio impoluto y ferviente que le ha llevado a integrar en sus grabaciones una nómina de compositores variopintos pero siempre meticulosamente elegidos como Elvis Costello, John Cale, Todd Rundgren o Roddy Frame entre otros, así como otros clásicos que sobre todo lo fueron en las voces de Sinatra, Nat King Cole o Ella Fitzgerald.

Pero hubo una sola vez en que esto no fue así y las aportaciones propias lograron completar un álbum que no es destacable tan sólo por esta particularidad, sino también por sus bondades y su inquebrantable validez. Escoltada por Dennis Duchhart, algo así como el “chico para todo” de la new wave holandesa –colaborador de tulipanes post-punk tan abrasivos como The Tapes o Minny Pops-, un más que competente y dúctil ensamblador de melodías e intuitivos arreglos, Santing casi debutó –éste es su segundo lp- con un disco que bebe tanto de las maneras del del jazz estandarizado como de la electrónica licuada del pop de los primeros ochenta. En definitiva, más cerca de la subsiguiente Anna Domino –que hubiera dado un brazo por acabar firmando un disco así- o Alison Statton que de Virna Lindt.



Mini-lp para más señas –ampliado un año después con tres canciones extra para la entonces novedosa edición en cd-, penetra solemne y sigilosa como una araña con “Too much”, bajo un discurso de ruptura, remotos recuerdos e intentos de sobreponerse, que tendrá en “Our days” –“Now we’ve been through all this trouble/there´s a chance our luck will doble”- un saludable remedio, en medio de un ritmo algo más pizpireto. Desoladora, “Turn your heart” subraya con aparente dejadez un estribillo suplicante –“Can you turn your heart like you turn your head?”-. El insinuado tempo tropical de “All the fun” suena grácil –¿no parecen hasta los coros cantar con una sonrisa?- y reivindica despejarse de los problemas del corazón y disfrutar de placeres eternos como volver escuchar a Brian Wilson o salir a comprar flores. Pero aun así, ¿es tan difícil elegir entre “Sweet nothings” y tristezas?. Eso parece, así que mejor no comprometerse a zurcir –otros- corazones rotos.

Para la planeadora “It may not alwas be so” y la traviesa “Maggie & Millie & Molly & May”, Mathilde cederá a los versos de E.E. Cummings, y en la propia “Water under the brigde” será la miniaturista pop Fay Lovsky, que por entonces andaba con inquietudes similares –ahí está su “Cinema” para corroborarlo-, la que refleje con palabras la pérdida y su imparable disolución. Aunque la última impresión se la reserve Mathilde en la lacónica “Boat trip”, que volverá para esconderla en la tela del mismo ácaro.

Una obra maestra perdida en una pedagógica trayectoria atiborrada de temas ajenos, como un bote aislado e insospechado mecido por una corriente tenaz y glotona.


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martes, 19 de abril de 2011

Jane Siberry




Compromiso, feminidad, independencia y hasta un cierto punto libertario rodean la figura de esta excepcional y polifacética intérprete y compositora canadiense, responsable de una dilatada trayectoria que busca (y generalmente encuentra) sin desespero belleza y sinceridad, trabajándose la mejor exigencia artística. Inmune al desaliento y reconvertida en los últimos tiempos en una 'homeless' desprendida de casi todas sus propiedades –incluidas las intelectuales: regala su obra entera en la web oficial-, Jane Siberry es un vivo ejemplo en contra del cinismo y la hipocresía del mundo reinante, tanto dentro como fuera de los estudios de grabación y los escenarios. Telegrafiamos los discos hechos con su nombre (incluida su actual etapa como Issa). La aventura Siberry. Para no dejar de sorprenderse.




Jane Siberry (1981)

La portada de su primer disco puede llevar a engaño: una especie de Chrissie Hynde o Debbie Harry sobre un rudimentario fondo proto-cibernético. Sin embargo esto es un disco de folk por los cuatro costados que poco tiene que ver con las musas de la nueva ola y sí con trovadoras de épocas pretéritas –la Joni Mitchell de, por ejemplo, “Amelia” a la cabeza-. Se abre directamente con su primer clásico: “Marco Polo”. Uno de esos inicios discográficos –consumado en la cambiante escena local cercana a Ontario- que aúnan inspiración, espontaneidad, sutileza y una aparente fragilidad que preconizan suaves revelaciones y delicias intactas. Palabras mayores: uno de esos arranques que uno cree haber presenciado muchas veces, pero que a la hora de la verdad sólo le traen “Sunday morning” o "Uh-Oh, Love Comes to Town" y muy pocos casos más.
Historias adolescentes de dudas, certezas –“In the blue light”, reflexiones sobre la creación -“Writers are a funny breed”-, grandes consuelos –“Above the treeline”, dedicada a su mascota- y deseos inciertos bañan los textos de esta primera –y campestre- Siberry, soportados por unos coros dulces y una instrumentación justa que no interfieren en ningún momento estas composiciones, adecuados en todo momento. Son canciones sencillas pero nunca tontas o insuficientes, de las más accesibles de toda su obra, conformando uno de sus mejores discos (si no el mejor) precisamente por esa inmediatez y frescura. El disco que jamás le salió a Suzanne Vega. Una joya oculta e invariable, como la primera brisa tras el largo y férreo invierno.


No borders here (1984)

Pensado en un primer momento como un Ep, se amplió hasta conformar estas nueve canciones donde, esta vez si, se apuesta por un sonido new wave, más intrincado, con cambios de ritmos, partes bien diferenciadas en una misma composición. Se ha dejado por el camino los suaves aleteos de su debut, para trufar de pimpantes guitarras y juguetones arreglos su continuación. Destacan “Follow me”, “Extra executives” –con esos coros tan a lo The B-52´s- o el hit “Mimi on the Beach”, un peculiar himno que sonó bastante en su día y que se desmarca de lo que son los éxitos al uso por su estructura compleja, que incluye parones, recitados y silencios imprevistos.
Piezas oníricas con cierta épica como “Dancing class” o “You don´t need” la empiezan a situar en la órbita de artistas como Kate Bush (más bien como hipotética alumna), pero las pretensiones no funcionan igual en una que en otra y las interpretaciones de ambas son considerablemente variables. Toda la carcasa pseudoperística, aparatosa, cargante y desproporcionada de Bush apenas se aprecia en la Siberry. La producción de sus discos no se ha quedado obsoleta como en el caso de los primeros de la británica y los alardes vocales de Jane son mucho más dulces y comedidos, afortunadamente.




The speckless sky (1985)

“One more colour”, uno de sus éxitos más demoledores -con un nada disimulado discurso ecologista-, avanza a la Elizabeth Fraser más accesible -la de “Heaven of Las Vegas” o “Four-Calendar Café”-, con letra expansiva incluida, como ocurre igualmente con la primera Kristin Hersh en “Mein bitte”. El tono entre juguetón y travieso, con interludios de ‘spoken word’ –otra de sus señas de identidad- queda para momentos como “Vladimir Vladimir” o “The empty city”, experimentando con una electrónica pop atmosférica muy de la época, en un tono cada vez más reposado y –si- adulto. Ahí tenemos para corroborarlo “The taxi ride”, una balada que tanto puede recordar a David Sylvian, a Ricky Lee Jones –circa “Pirates”- como a Tears For Fears y que se cuenta entre lo más logrado de su carrera. Aires de epifanía y textos suntuosos –“Map of the World (part II)”- en otro de sus discos más celebrados.


The walking (1987)

La sublimación del pop progresivo. Con hits tan valiosos como interminables –“Ingrid and the footman”, muy en la órbita de unos B-52´s de “The Good Stuff”-, pocas veces se ha permitido tanto a una figura de estas características estirar las canciones más de lo humanamente recomendable, si a cambio se compensan con momentos tan apetecibles como sorprendentes como los casos de “The white tent the raft” o “Lena is a white table”, donde la aritmética pop rompe muchas de sus reglas en pos de territorios (sonoros) tan ocultos como impredecibles. La fantástica canción que da título al álbum lo explica convenientemente: el camino sin retorno como un hecho consumado.




Bound by the beauty (1989)

Jane Siberry da un evidente giro a su sonido acercándose a sonidos más naturales, próximos al country, sin olvidar el aliento pop, además de crecer considerablemente como intérprete madura e insobornable. Pero no empieza bien. La primera mitad del disco descoloca y no parece despegar en casi ningún momento. Suerte que por ahí está “The Valley”, estremecedora -una de las canciones favoritas de k.d. Lang, por cierto-, para recobrar el pulso intimista. O “The life is the red wagon”, de estribillo y subida elocuentes. Pero lo mejor está en la recta final: la desgarradora y espectral “La jalouse”, la breve y encantadora “Miss Punta Blanca” y “Are we dancing now”, con su trazo sofisticado de pop tropical que habrían tenido a bien firmar Everything But The Girl, Basia o Isabelle Antena en esos –u otros- años.


When i was boy (1993)

Producido por Brian Eno, abandona los sonidos más acústicos de “Bound by the beauty” para retornar a la sonda sintética, como bien ilustra desde la inicial “Temple”. Contiene dos hitos en su discografía: “Calling all angels” (con la citada Lang), uno de sus temas más cotizados, o la clasicista “Love is everything”. Incorpora detalles como las suaves cadencias hip-hop de “All the candles in the world” y todo en general tiene un carácter etéreo y sosegado, de abigarrada sensualidad.
Mención aparte para una canción que queda descolgada de este álbum para posteriormente entrar en la nómina de la banda sonora de “The crow”, “It can’t rain all the time”, muy en la línea de todo “When i was boy”.


Maria (1995)

Escorada al jazz –una de sus desembocaduras más previsibles-, entrega aquí uno de sus discos más ensimismados y ambientales, con textos algo más escuetos cargados de espiritualidad. Demasiado escolástico, no destaca precisamente por contener canciones brillantes o llamativas, quizá a excepción de “Goodbye sweet pumpkinhead”. El final de su larga cohabitación con Warner.




Teenager (1996)

Es una debilidad, y es que creo que Jane Siberry difícilmente defrauda cuando se pone sola frente a una guitarra. Hace mucho tiempo que no lo hace –de hecho apenas se prodiga-, pero el recuerdo de su memorable disco de debut hace suspirar por más etapas así. Aprovechando un impás discográfico, Jane regraba varias de sus primerísimas canciones, anteriores al disco del 81, y que tenía guardadas en cintas de bobina con un sonido muy deficiente. Pero el tesoro está ahí y sólo hace falta revivirlas para sacar a relucir todo su impacto interior. “Teenager”, aunque pocos lo crean, es uno de sus discos capitales, precisamente por lo inusitado de este juicio, y porque esconde ese cariño espontáneo, esa pureza de intención de quien regala algo especial sin esperar demasiados aplausos ni muchas soflamas encendidas.
Canciones dedicadas a su padre, a su hermana o a su mejor amiga, casi todas introducidas por su voz y sus recuerdos y varias veces con trozos de las grabaciones originales –caseras, al pie de la cama del primer refugio furtivo-, de cuando Siberry empezó a descubrirse vitalmente hablando. Canciones hermosísimas que se habían perdido en archivos del recuerdo por ser “demasiado dulces”, como se las tacharon en sus primeras representaciones. Curiosamente, y al contrario que en “Maria”, es imposible quedarse o destacar alguna canción (¿”Broken birds”, “Puppet city”, “Bessie”?, ¡qué más da!) por encima del resto. A pesar de las infinitas dudas de Jane para retomar estas piezas, el agradecimiento eterno por descubrirnos esta pequeña gran joya folk de cualquier tiempo. Entrañable y arrulladora. Perfecta.




[New York Trilogy]

Proyecto en directo dividido en tres partes surgido de la propuesta de Alan Pepper, fan y dueño de The Botton Line, prestigioso local neoyorquino donde la Siberry va a tener vía libre para experimentar sus canciones (algunas conocidas, otras inéditas) con diferentes sonoridades y registros vocales. Sólo para fans impenitentes.

1. Tree (1999)

Música para películas y bosques. Incluye sus participaciones en la citada película de Alex Proyas, así como el “Slow tango” del “Tan lejos, tan cerca” de Wenders. Más absorta que nunca y con un coro florido que redimensiona ampliamente sus composiciones, pasadas por la túrmix neoclasicista.


2. Lips (1999)

Música para contarlo. Igual de incontenible en el minutaje que “Tree”, la amiga de Joe Jackson –quien la invitará por esas fechas a participar en su “Heaven & Hell”- amplía la paleta a destellos gospel, funk –“Freedom is gold”-, “Hotel room 417” -aquí con sketches incluidos-, recitados –“Foecke”-, auto-homenajes -“Mimi finally speakes”- y una simpática versión de “I will survive”. Lo mejor queda otra vez para el final, con “Barkis is willin`” al piano.


3. Child (1997)

Jane no puede dejar de sorprenderse y sorprender a la audiencia, por eso empieza la última parte de la trilogía –Música para la Navidad- pagando el taxi que la llevará directamente al escenario un par de años antes de las dos partes restantes. Contiene este compacto doble cuentos, conocidos villancicos alemanes, franceses, polacos –especial y concisa “Mary´s lullaby”- o británicos, versos –“In the bleak mid-winter” de Christina Rossetti- además de canciones propias de discos anteriores, en un año que esperó desconsoladamente otros recitales navideños habituales en el Botton Line: Laura Nyro –puede palparse su espíritu- o las Roches, una muerta esos días y otras –con las que Jane colaboró en el disco homenaje a Nyro- alejadas por problemas médicos. Otra oportunidad para deshacerse en desarrollos instrumentales y sacar a pasear una voz –acompañada de un elenco para la ocasión- que puede con todo, bien macerada a lo largo del tiempo.




Hush (2000)

Nueva compilación de canciones tradicionales norteamericanas británicas –gospel y folk- que han formado parte desde los inicios de Jane en su educación musical y sentimental, algunas de ellas arregladas para la ocasión, como el caso de “Streets of Laredo”, que anecdóticamente también adaptaría en aquel tiempo Paddy McAloon en el “The Gunman and other stories” de Prefab Sprout. Más condensada que en la trilogía previa, y por ello también más disfrutable para el oyente neófito. Hasta los discretos arreglos electrónicos –“False false fly”, “Ol’ man river”- le sientan muy bien.


Shushan the palace (2003)

Pleitesía a compositores barrocos con algunas letras adicionales para crear otro (gran) espiritual. Reclinatorio coral para un disco predestinado en un primer momento para el tiempo navideño, pero circunscrito finalmente a cualquier época del año. El último como Jane Siberry, antes de transformarse en Issa y ponerse a vivir en las penumbras de los hoteles con poca carga -su talento, confianza e ilusión-, es otro conseguido compendio de belleza intemporal, criterio exquisito, cuidado por las fuentes y lo que se proyecta de ellas. Vuelve a echar mano de la poetisa Christina Rossetti. Como Dios, y la rosa secreta, mandan.




Dragon dreams (2008)

Para su nueva identidad, Siberry se hace bautizar con capas superpuestas de ruidos, gorjeos y bases con pianos brillantes en una nueva obra inclasificable y emancipada de cualquier condicionamiento comercial. Hay preocupación por levantar singles –después de tanto tiempo de introspección- como “Oui Gallo?” o “You never know”, en una impronta pop tan agreste como inesperada.


With what shall I keep warm? (2009)

Esta “segunda de una historia contada en tres partes” de Issa ahonda en el cut-up, en los arreglos que funden tradición con cierta impostura tecnológica. Contiene algunas de sus grandes canciones como son las baladas “Then we heard a shout”, “Mama Hererby” o “In my dream”, esta última como una Jarboe estilizada y lo menos histriónica posible.
Como certifican sus fans más imperturbables, ella es en sí un reto constante.