jueves, 17 de junio de 2010

El poeta asesinado, de Guillaume Apollinaire





Como ocurre con precursores, espíritus afines como Remy de Gourmont (tras conectar lecturas recientes y casi paralelas, casos de “Relatos sombríos. Historias mágicas” de Remy y el que titula esta entrada), la prosa corta de Apollinaire contiene una variedad de registros realmente admirable, caja de sorpresas cada vez que uno finaliza un relato y acude a ver por dónde saldrá el siguiente, a pesar de que cualquiera de ellos forme parte de un todo conceptual de lógica interna. Es el caso de “El poeta asesinado”, aventuras y desventuras de un joven Don Juan (especie de trasunto del propio Apollinaire), fruto de una accidental estirpe, venido al mundo en mitad de un coloquio y aquejado de un mal ubicuo y endémico: la Poesía, que hará funcionar como arma en una confrontación entre arte y ciencia, difícilmente reconciliables. Penosa existencia canjeada en mal de amores que no desaprovecha el espectáculo burlesco y el humor negro.



Más momentos destacables y que aparecen después del relato principal: “El adiós de una sombra” o la quiromancia impalpable a través de esa extensión que nos persigue toda la vida. Si la perdemos estamos predestinados. No olviden estar atentos y llevarla siempre encima, pues. “La novia póstuma”, que se anticipa a la ley posterior en Francia en la que se permite el matrimonio entre vivos y muertos. Otra cosa es que esa fuera la intención del protagonista, sorprendido por unos padres realmente caprichosos en su de por sí delirante intención. “El ojo azul” o la presencia inquietante de un órgano solitario que aparece por los pasillos, vivo o muerto, acechante o impasible, todo sea por crear un cuadro ambiguo con el fin de hacer multiplicar las interpretaciones. Y el amor ‘fou’ de “Santa Adorata”, mártir por accidente y reconvertida en objeto de veneración, dejando en evidencia la credibilidad de los expertos en reliquias religiosas.
Hay, como ya se anunció al principio, muchas más facetas, pero las aquí representadas parecen las más logradas y precisas, dentro de una obra especialmente entretenida y reveladora (con jugoso prólogo que se adentra en una biografía no menos significativa), pese a esta edición –que incluye el poemario “Alcoholes”- de áspera apariencia.

sábado, 5 de junio de 2010

La casa del ángel (Leopoldo Torre Nilsson, 1957)





“Me dirijo a él, ya se ha levantado de la mesa, mis ojos llegan hasta el nudo de su corbata y se detienen: nunca han pasado de allí. Ese silencio, el no agradecerme la taza de café, es entre nosotros la única boda. Significa su posesión absoluta sobre mí.”

No solamente queda influido por el primer Bergman (“Prisión”), por “Cumbres borrascosas” o el desasosiego lorquiano, sino que Torre Nilsson sirve a su vez de referente, entre otros, para el Buñuel que sólo unos pocos años más tarde convertirá su ángel exterminador en el icónico callejón sin salida dentro de su filmografía. Y es que quién si no se atrevería a negar la inspiración que tuvo el aragonés en el episodio coral en la casa de citas, acabando todo en un incendio del que, en este caso, sus puntuales protagonistas logran salir.



Dejando aparte detalles cara a la galería –algo irrelevantes pero lo suficientemente descriptivos-, Leopoldo Torre -ubicuo autor que compaginó sin aparente esfuerzo géneros tan diversos como la comedia, el melodrama o el panegírico patriótico- dotó a “La casa del ángel” de un marcado trazo sórdido, regándola de personajes ataviados con una doble (o triple) moral, anegados por un destino fatal, impenetrable. Se mezclan en ella curiosos alegatos ideológicos de la era pre-peronista (“yo siempre leo sus discursos, ¡son muy lindos!, pero dicen cosas que no entiendo sobre los pobres”) con un férreo y atosigante escrúpulo religioso, que cubrirá con el negro más tormentoso la vida de su protagonista, una joven formada en el más extremo convencionalismo, en el paroxismo espiritual más brutal, donde la muerte y su sombra son manejadas con soltura y afán deportivo desde el minuto uno. La espada del pecado queda suspendida en todo momento sobre su cabeza. También la mala conciencia sobre las mentes de los que la rodean, incapaces, como ella, de saltarse la psicológica valla hacia una aventura verdadera, ya sea sentimental o política, vital en cualquier caso.

Los atractivos travellings de las primeras secuencias y el siempre incisivo recorrido de la cámara en los planos intermedios consiguen dar una sensación de irrealidad cercana a la fantasmagoría en esta película cruel e inflexible, repleta de personajes cínicos y desencantados, flor silvestre e irredenta dentro de ese espeso bosque que es el cine argentino de los años cuarenta y cincuenta.