martes, 16 de marzo de 2010

Louis Philippe




Por aquí cerca sólo se le conoce, y muy de oídas, por ser el responsable de los arreglos de "Soidemersol", uno de los incunables del pop español de todos los tiempos. Pero también es responsable de una cantidad ya ingente de deliciosos -y no lo suficientemente (re)conocidos- álbumes donde es casi imposible encontrar baches. Nuestro cocinero favorito es uno de los gourmets más respetados y meticulosos del indie de cualquier edad, poseedor de un criterio musical ex-qui-si-to, cuasiperfecto, que no deja de reflejarse en todas y cada una de sus composiciones, sean en inglés, sean en francés, tanto da.

Lo que viene a continuación es un somero repaso al grueso de su discografía -nos falta "Nusch" (98), inédito en nuestros oídos aun a día de hoy, y dejamos para otra ocasión sus discos para niños con pseudónimos varios-. Son anotaciones a vuela pluma -que no pretenden sentar cátedra en ningún caso-, según se van repasando sus trabajos, mezcladas con algunas pistas y constantes que el propio Philippe Auclair ha ido diseminando por su recomendabilísima página web official -www.louisphilippe.co.uk, echen un vistazo al apartado de canciones ajenas favoritas y pásmense del despliegue: conocerlo es amarlo-. Otro de nuestros héroes de melodías preciosas y rutilantes como cristal de Bohemia.


Larga vida al pop (hiper)romántico, prácticamente lo único que (nos) queda en esta vida. Larga vida a Louis Philippe, por tanto.



Appointment with Venus (1986)

Aunque no se parecen mucho entre sí, este primer disco en solitario de Louis Philippe tiene conexiones indirectas con el primer disco en solitario de Nick Currie, aka Momus ("Circus Maximus"), ya que ambos se publican el mismo año, y ambos beben principalmente del folk -desde un ángulo exclusivamente indie- en unos años donde el estilo no está pasando precisamente por uno de sus momentos de mayor popularidad. Y tiene conexiones directas: no en vano el propio Momus se encarga de colaborar tocando y haciendo coros en tres canciones.
Muchas de las futuras constantes de Philippe ya se reflejan en este espléndido debut: hay espacio para el pop barroco de "Man Down The Stairs" o "The Orchard", para un amago de hit -"Heaven Is Above My Head"-, para momentos al piano -"Rescue The Titanic", "Ballad Of Sophie Scholl"-, sin olvidar ecos mexicanos en "Touch Of Evil" y, en definitiva, talento para la melodía y el arreglo más sofisticado. Incluye el instrumental "Aperitivo", que diera nombre a uno de los recopilatorios del sello Siesta y cuyo sonido también alumbrara grupos como Daily Planet. Uno de sus álbumes más importantes y deliciosos, si no el que más.

Un año más tarde se publicaría con diferente título: "Passport to the Pogie Mountains" en Japón y "Passport to Pamplona" en España, este último a través del sello Grabaciones Accidentales, eso sí, con un listado considerablemente diferente, esto es, canciones del primer disco y temas inéditos editados en single o alguna maqueta. Variaciones en todo caso que no rebajan el nivel, como la encantadora "You Mary You" o el "The Rubens Room" que hiciera popular -es un decir- uno de nuestros héroes predilectos, Simon Fisher Turner, más conocido como The King Of Luxembourg, en el disco de versiones de este último proyecto.



Ivory Tower (1988)

Se abre con "Guess I'm Dumb", una maravillosa canción de Brian Wilson que cedió en su día a Glen Campbell, Beach Boy provisional. La beatlémana "Mindreader", la jazzística "Ulysses & The Siren" o la 'exótica' "Monsieur Leduc" lo van alejando del folk, pero lo reafirman en la variedad que siempre lo caracteriza. Y por fin una canción pimpante entre tanta balada y medio tiempo, la convenientemente titulada "Smash hit wonder", su canción más 'bubblegum'. Muchas canciones (excelentes "Every Word Meant Goodbye" y su pequeño clásico "Endless September") y generalmente muy cortas, (con)centradas en lo esencial, pero interminables en su detallismo. Algunas con su correspondiente versión instrumental, así "Domenica" pasa a titularse al final del disco "Simon Bolivar Airport".


Yuri Gagarin (1989)

En momentos puntuales ("Diamond", "Sunday Morning Camden Town", "Another Boy") a lo que más recuerda es a Microdisney. De acuerdo, sin la ferocidad de Cathal Coughlan, pero con esa elegancia para hacer pop urgente entre sedas que tan bien sabían impregnar los irlandeses por aquellos años, sobre todo a partir de "Croocked Mile". No en vano, el propio Louis Philippe se ha encargado de confesarlo en alguna ocasión: estaba convencido de que Microdisney iba a ser el grupo que cambiaría el mundo, aunque al menos sí que cambió el suyo. Su canción estrella, la más inmediata, es "Jean And Me". Con este disco cierra su periodo Él Records, década y una primera etapa artística absolutamente esencial.


Rainfall (1991)

Philippe estrena década, y concepto. Un disco especialmente cinematográfico, echando mano de "Sirens call" (ya incluida en su primer disco) y con la wilsoniana "I Just Wasn't Made For These Times" como banderín para un disco en la antítesis de lo inmediato, con el piano -cortesía de su escudero habitual Dean Brodrick- y la querencia por los juegos de voces marca de la casa pilotando la nave. Las excepciones vienen al final, con la electrónica "Chelsea Bridge", llena de cambios de ritmo, o la gospel "The Corncible Dance" o "Shoot", que mezcla sonoridad indú con raggtime, entre otras lindezas. ¿Un resbalón?. No, simplemente la muestra fehaciente de un autor con personalidad propia e irrenunciable y muchas ganas de ampliar horizontes.


Jean Renoir (1992)

Ritmos africanos y chanson bogando por el maridaje abren este disco que retoma donde se había quedado la cosa en "Rainfall". Aparentemente, porque "Lazy English Sun" tiene una vena más inmediata -ergo percusiva- que todo el disco anterior. "True Men" bebe del soul-pop de mediados de los ochenta, "Hunters" del jazz-pop más atmosférico y en general buena parte del disco del aroma al estándar reinventado -el "Tout Bas" de Kurt Weill o "Nowhere Square"-. Como extra un "Eusébio" que ya le hubiese gustado firmar entonces -y siempre- a Green Gartside, el jefe de Scritti Politti. Tanto fue el cántaro a la fuente: Cathal Coughlan colabora haciendo coros en "True Men" y "Hunters".



Delta Kiss (1993)

Después de lo que fueron quizá dos discos que supusieron sendos acercamientos a terrenos menos previsibles y más autocontemplativos, vuelve el pop de fantasía. Empezando por la alargada sombra de XTC en "Wonder-full", que parece un bonus track del soberbio "Nonsuch", por no hablar del estribillo de "Anna´s Garden" o "Wichi Tai To" -sedimento folkie-, que podría haber estado incluida sin ningún problema en "English Settlement" o "Mummer". ""Jealous" podría ser un cruce perfecto entre Pet Shop Boys y The Blue Nile. Hay más chanson -"L'Aventure"-, más exótica -"Haida"- o 'shibuya sound' en francés -"A Paris"-. Uno de sus mejores y más completos discos.


Sunshine (1994)

Buena parte de la culpa de la inexacta apreciación que se suele tener de la música de Louis Philippe la tiene un disco como "Sunshine". La vinculamos inconscientemente al 'easy-listening', y si bien es cierto que lo ha venido practicando a lo largo de toda su carrera en momentos concretos, su música es mucho más rica y expansiva que la etiqueta de marras. De hecho, como ya había ocurrido anteriormente y como tendremos oportunidad de comprobar en posteriores producciones, sus discos no son a menudo precisamente de 'fácil escucha'.
Sin embargo, ahí está "Sunshine" para mostrar su perfil más 'cocktail', más accesible. "Raffaella" es quizá la canción más rítmica que había hecho jamás. Los trucos de Carl Tjader o Nelson Riddle acaparan unas canciones deliciosas de un disco especialmente luminoso (de ahí el título), uno de los ideales para iniciarse. El espíritu XTC vuelve a hacerse evidente en "Roll Back The Years" o "Bus #13", el de Gainsbourg en "L´hiver Je Va Bien" y el de Jobim en "Our Beat Can Wait".


Let´s Pretend (1995)

Como indica el subtítulo del disco, se trata de un recopilatorio que incluye todas las grabaciones, fechadas entre 1985 y 1986 y en riguroso lo-fi, del grupo previo en el que militó Philippe, The Arcadians. Es decir, el único lp, "Mad Mad World", una canción navideña, una cara bé inédita y "Angelica My Love", que pasó a formar parte de su primer disco en solitario. Las canciones son todas formidables -imposible destacar alguna respecto a las demás-, y desde los primeros compases se advierte el estratosférico dominio melódico de Louis Philippe, donde su fervor escolástico ya está plenamente consolidado. Imprescindible.



Jackie Girl (1996)

La influencia de los de Swindon -esto es: XTC- va creciendo tan exponencialmente -ahí están "Mr. Songbird" y "Teacher´s Pet" que podrían ser del volumen inicial de "Apple Venus", un "Everyday Gone By" en la línea "Orange & Lemons" o ese "Oiseau De Paradis" que remite a los tiempos de "Black Sea"- que no le va a quedar más remedio a Auclair que contar con el mismísimo Dave Gregory (el "tercer" XTC) como invitado estrella en otro disco variado, quizá el único realmente conocido en nuestro país gracias a la distribución del sello madrileño Siesta. "She Means Everything To Me" tiene ese 'girl in the Attic' tan The Lilac Time, mientras "La Pointe Du Jour" tira -de nuevo- de instrumental 'à la Jobim'. Bacharach queda presente en "Il Ne Reste Plus Rien De L'Ete", y "Venus" pone el cielo más soleado, con ese tempo teenager tan finales de los cincuenta. En estas, "Deauville" o la propia "Girl In The Attic" preconizan la orientación del siguiente disco, trufada de arreglos de cuerda y dramatismo.


Azure (1998)

Quizá su disco más oscuro y complejo armónica y estructuralmente, además uno de lo más ambiciosos. En el colmo de la melomanía y el no va más en su conexión con XTC, Auclair incluye una -excelente- versión de la inconmensurable "I Can´t Own Her"... ¡un año antes de que los propios XTC la publicasen oficialmente en el primer "Apple Venus"!. Sólo por este gran homenaje merece muy mucho el disco, aunque haya más razones para acercarse a él, como la gloriosa "Peace At Last", "Partir" (muy Brel) o la juguetona "An Ordinary Girl" (que recuerda a The Divine Comedy).


9th & 13th (2002)

Lanzado realmente a nombre del novelista Jonathan Coe, contiene variaciones sobre canciones ya conocidas como "Fires Rise And Die" (ya incluida anteriormente en "Appointment With Venus") o un "Destination Moon" (de "Delta Kiss") donde se añaden extractos 'spoken-word' a cargo de Coe, como en buena parte del resto del disco (ahí está como mejor ejemplo la propia "9th & 13th", extensa y sin red). Hermosos pasajes victorianos en "Une Courte Promenade À Bicyclette". Interesante pero un tanto arduo, está dirigido principalmente a aventureros experimentados, completistas y fans obsesivos.


My Favourite Part of You (2003)

Despues del tono crepuscular de "Azure", retorno a la luminosidad y a la efervescencia. "My Favourite Part Of You" es un soplo de aire fresco realmente excitante, sensual, inspirado y contagioso. Posiblemente junto con "Appointment with Venus", "Yuri Gagarin" y "Delta Kiss", el mejor disco. "Cicely" es quizá la canción hacia la que gravita el disco, por culpa de un estribillo flamante y diamantino. Pero la joya de la corona viene al final: "Lucia" es mi canción favorita de Philippe, una rotunda y emocionante pieza que acaba en secuestro aun muchos minutos después de haberse apagado en el recuerdo. Como se suele decir, canción de la vida.



The Wonder of it All (2004)

¿Qué podemos decir, aunque solamente sea escuchando la canción titular del disco?, pues que Auclair sigue en plena forma, de lleno en una serena madurez sobre la que perfeccionar sus intenciones, tan embriagadoras como en "A Wiser Fool". El cointreau folk de "This Puzzle Of Mine", la presente nostalgia de "Songs like these" (culpable en buena parte del sobrio tono de las mismas el ex-Microdisney y High Llamas Sean O'Hagan) son buenas pruebas del interminable instinto para la belleza de nuestro principal protagonista. ¿Quieren ritmos tropicales?, agárrense a su balsa: "An Ordinary Street".


An Unknown Spring (2007)

El "Smile" particular de Louis Philippe. Una sinfonía trenzada con mimo, sentido y no poca sensibilidad. En la línea de acritud atmosférica de "Azure", con sorpresas, coros panorámicos, varios cambios de registro dentro de una misma canción -"The Hill And The Valley"-, en definitiva, todo lo necesario para construir una pequeña gran epopeya pop, no exenta en ningún momento de aspiración clásica. Mundos inmensos comprimidos en tres minutos. Highlight: "When The Love Has Gone". Pura épica.

domingo, 7 de marzo de 2010

Rusia gótica




Partiendo de un relato a la manera de “El manuscrito encontrado en Zaragoza” –bien podría parecer “El anillo” un capítulo de aquella obra multidimensional-, a propósito de una maldición que se propaga como una infección misteriosa, siguiendo con una fábula explícitamente titulada “El hombre lobo” –y orientada como tal-, con todo el mecanismo propio del mito, y continuando con una charla algo extraña pero también locuaz y distendida con sorpresa final –“Los invitados inesperados”-, esta reveladora compilación de cuentos rusos con la que casi se estrenó la nueva editorial Nevsky Prospects el año pasado -editorial especializada en la literatura de aquél país y en todo aquél que algún vez se adentró en su composición cirílica-, esta reveladora compilación cubre con estos tres primeros ejemplos un paisaje estepario, de profunda raigambre rural, condensada en supersticiones y hechizos, para pasar al escenario más bullicioso y urbanita de “La vendedora de pasteles”, el relato más largo e intenso de todo el lote, con los destellos más genuinamente góticos –entendidos como fascinación por lugares cerrados y opresivos- de la colección. Como extras, un inacabado y algo surrealista Lérmontov –quizá a priori el autor más conocido de esta selección, aquél con el que ilustró el bueno de Edwyn Collins su "Dr. Syntax"- con un “Stuss” que juega con soluciones espacio-temporales y pistas incompletas en lo que podría presuponerse –echando mano de elucubración personal- como un precursor involuntario de aquella “La casa en el confín de la tierra” de Hodgson. “La isla de Bornholm”, bucólica y truculenta, romántica e inasible, cierra este muestreo de lo que fue un pedazo de esa Rusia neblinosa y folclórica, oculta y despiadada que ahora aflora en nuestro idioma, como otras tantas obras –abarcando todo tipo de géneros, disciplinas y épocas- que promete Nevsky, empeñada en dar a conocer el perfil menos conocido de autores ya consagrados (Pushkin, Dostoievsky), así como de otros mucho menos ubicuos y no por ello desdeñables, como bien prueba esta breve pero provechosa antología -todo primera mitad del XIX-, rigurosa y ajustada en su criterio.

lunes, 1 de marzo de 2010

Macario (Roberto Gavaldón, 1959)





Otras cosas quizás, pero hipocresías con el más allá, las justas. El pueblo mexicano siempre tuvo a gala una orgullosa capacidad para convivir algremente con sus muertos, como bien refleja este poema épico dedicado a Tánatos. Desde el contacto ancestral de dicho pueblo, mucho antes de las invasiones transatlánticas, mezclado con la simbología y el rigor del Cristianismo, el día de los muertos se convierte en una fiesta pagana, donde el humor negro encuentra en ella una balsa de aceite donde poder mostrar su lado más desternillante y lúcido: “porque pasamos más tiempo muertos que vivos…”.



De la extrema pobreza en la que se verá envuelto el protagonista -sueños hiperbólicos incluidos: la Muerte, como Saturno, devorando a sus hijos-, le quedará como tabla de salvación una curiosa solución suicida: comerse un guajolote él sólo y reventar hasta la extenuación en dicho acto. A partir de ese momento, el destino le conminará a un juego funesto: tener que ceder ante las presiones externas en lugar de sucumbir a la tentación bulímica. Empezando por su propia prole, una caterva de niños obstinados e inmisericordes, que en algunos momentos recuerdan a otros como los de “El pueblo de los malditos” o “¿Quién puede matar a un niño?”. Salvando este primer escollo, Macario tendrá que ir sorteando nuevas tentaciones, la del Diablo (encarnado en un hilarante bandido), el mismo Dios (en la figura de un incierto peregrino) y, finalmente, la del Judío Errante o la propia Muerte, que estará precedida de un fundido que funcionará como ilusoria etapa en la experiencia del leñador protagonista. Una transición que devendrá en pasaje hoffmanesco (ecos de “El elixir del diablo”), faústico, cuando la última aparición, después de una difícil solución salomónica por parte de Macario, le concede el don de la curación a través de un agua bendita que le proporcionará a este último grandes riquezas, aunque difícilmente infinitas.



A partir de ese momento, Macario logrará vencer recelos, tacañerías (representadas en una nobleza amasadora de todas las riquezas) y desplazará a profesionales tan influyentes como médicos y enterradores, a los que momentáneamente dejará en paro cuando los veredictos sean la salvación de los moribundos (si el errante hace acto de presencia a los pies del enfermo y no a la cabecera), así como el interés de la iglesia, atraída por tanta prosperidad originada por tanto milagro. Demasiada traca para quedar impune delante de la Santa Inquisición (detallada en una cuidada puesta en escena: los miembros de dicha orden hablarán en el castellano de la piel de toro), inflexible y todopoderosa, que intentará poner freno a tanta sospecha de herejía suelta.
Excelente obra (que algunos relacionarán con el Buñuel de "Simón del desierto"), con un final hondo y poético, de este meticuloso y académico autor, del que ya tenemos en la recámara otras películas míticas de la cinematografía azteca como “La diosa arrodillada” o “La noche avanza”.