lunes, 21 de mayo de 2018

(Más) discos recomendables de pop japonés



                                                             Natsu Summer: valor en alza


Después de dedicar en este blog cinco entradas a discos imprescindibles de la historia del pop japonés (más una entrada posterior complementaria con los dos mejores discos del gran Eiichi Ohtaki) hace ya un par de años, retomamos el pulso de alguna manera sumando cinco álbumes destacados en estos últimos veinticuatro meses: cinco buenos ejemplos de la imperturbable vitalidad del país oriental, ese territorio que sigue tan comprometido con el efecto placebo y con la irrenunciable y edulcorada plasticidad que tanto nos reconstituyen en Vailima.



  
Fujin Club - Fujin Color (Grand Pacific Work Inc., 2016)

Enigmática formación proveniente de Sado (isla del oeste de Japón) integrada casi con toda seguridad por cuatro chicas y un chico. Practican un pop muy cuidado y detallista –obsesionado además con temas marítimos y vacaciones interminables- que hunde sus raíces en el shibuya-kei de los años noventa. Alternan temas cortos un poco a la manera de jingles –destaca en este sentido esa especie de interludio con los neo-tradicionalistas Bakurocho Band llamado “Chin-don”- con irresistibles rodajas de easy-listening (“Take a boat”) y funk –“Rhapsody of Nagisa” recuerda poderosamente a Nona Reeves-. Pero sin duda sus canciones más memorables son la elegantísima “Gourmet Travelogue” o el ultrahit “I will go to my bride”, que tanto recuerda a los Pizzicato Five de discos como “Playboy & Playgirl” o “The Fifth Release From Matador”. Todas las piezas anteriormente citadas están incluidas en el que es, de momento, su único largo -“Fujin Color”-, pero lo escuchado por el momento del ep más reciente -“Travel & Ferry”, de 2017- certifica las buenas sensaciones de refinamiento y travesura. Algo más que una promesa en ciernes.









Pictured Resort - All Vacation Long (Sailyard, 2016)

Están en la línea del mejor indie de finales de los ochenta y principios de los noventa (The Hit Parade, Blueboy o Field Mice) pero, además, con especial énfasis en dotar a casi todas sus composiciones de teclados planeadores y decididamente retro que les hacen entroncar con el city pop de principios de la primera de las décadas citadas. El proyecto liderado por Koji Takagi –que compagina con su grupo paralelo, los interesantes Danger Danger, más orientados estos últimos al dance y el funk- y, por ende su único largo hasta la fecha, no conoce apenas fisuras o puntos ciegos en el conocimiento de los entresijos del mejor pop de sofisticadas guitarras jangle, aquí convenientemente licuadas y embadurnadas de sintetizadores en primerísimo plano.




  




Natsu Summer - Hello, future day (P-Vine, 2017)

Loable evolución la de esta mujer nacida en Ehime (al sureste de Japón) pero residente en la actualidad en la capital, Tokio. Se dio a conocer como integrante del intrascendente cuarteto de punk-rock de los noventa Mummy the Peepshow y, tras un prolongado silencio de casi quince años, reapareció en solitario a la altura de 2016 reciclada -por fortuna- en una artista de pop inteligente y muy dúctil. Tras dos eps en ese mismo año –“夏・NATSU・夏” y “Tropical Winter”- donde coqueteaba sin ambages con el lovers rock electrónico, dio la campanada a finales del pasado con “Hello, future day”, una joya de ocho canciones –considerado también ep: está visto que esta denominación ha perdido definitivamente su significado originario- que reactualiza por completo el city pop ochentero con sonoridades prestadas de cierto vaporwave, además de poseer un olfato pop certero y tremendamente imaginativo. Caben además talentosas aproximaciones a los ritmos más calientes como en “Moment of love” –no muy lejos del “Tropical Brainstorm” de Kirsty MacColl- o irresistibles festines de synth-pop enhebrado con cadencioso primor, caso de “TARINAI”. Orfebrería sintética.








Hitomitoi – Ecstasy (Billboard, 2017)

A pesar de no debutar precisamente con buen pie –el inicial “360º”, de 2003, era un producto mainstream tremendamente aburrido y convencional- la norteña Hitomi Amano (natural de Sapporo) se ha ido labrando poco a poco una trayectoria cada vez más valiosa, compuesta hasta el momento de diez álbumes, la mayor parte de ellos con buenas razones para seleccionar de entre los mismos auténticas joyas en bruto. El último de estos lps, “Ecstasy” es, sin lugar a dudas, el más completo y rotundo, orientado concisamente al shibuya-kei. Hits incontestables como “Serpent Coaster” –entre Pizzicato y Negicco- o ese broche final inmejorable que es “Varadero via L.A.”; también hay perlas de electro-swing -“Flash of Light”-, baladones lujuriosos –“Discotheque Sputnik”, “Swept Away”- o remembranzas del mejor sophisti-pop –“Blue, Midnight Blue”, con Matt Bianco/Basia en el recuerdo- ayudando a situar definitivamente a Hitomitoi entre las realidades más contrastadas del pop nipón actual.




  




Sayonara Ponytail - You Are My Universe (T-Palette, 2018)

Si no me fallan los cálculos, se trata del quinto disco de este quinteto femenino, parece que también –algo- receloso con sus verdaderas identidades. Como en el caso de Hitomitoi, sus obras anteriores contenían piezas más que salvables, pero igualmente no ha sido hasta este mismo año que han facturado el trabajo que más se acerca a la excelencia. "You are my universe" abre con “Sentimental” y sus arreglos tan philly sound, para pasar a continuación a “Facing the wall!”, su canción más clara para hacernos bailar irremediablemente, escoltada por flechazos pop como “Beyond the world” o “Skyscraper and critical point”, esta última en la línea idol de, por ejemplo, Koto. Pero quizá a la vez se trate del disco más clásico de nuestra selección: para certificarlo están ejemplos como “Fireworks on a distant day” o “Message”, que no esconden su querencia por tonalidades ‘beatle’, o “Love in a broom” y “Your Treasure”, que supuran techno-kayō por los cuatro costados. Otra golosina infecciosa.






jueves, 29 de marzo de 2018

City That Never Sleeps (John H. Auer, 1953)





“Soy la ciudad. Eje y corazón de América. Crisol de razas, credos, culturas y religiones de la Humanidad. Desde mis famosas granjas de ganado a mis colosales fábricas. Desde mis modestos barrios hasta el elegante Lake Shore Drive. Soy la voz, soy el latido de esta gigantesca, creciente, sórdida, bella, pobre y magnífica ciudadela de la Civilización.”


De las tres películas que he tenido oportunidad de ver hasta el momento del realizador húngaro emigrado a Estados Unidos John H. Auer, brilla con inusual fuerza y queda atrapada para siempre en la retina “City That Never Sleeps”, una de las varias incursiones de Auer dentro del noir –siendo quizá un director más concentrado en el bélico-. Las otras dos, “A Man Betrayed” (1941) y “Hell's Half Acre” (1954) no pasan de ser ambas cintas discretas, rutinarias y algo desaliñadas, por mucho que la primera contase como reclamo al frente del reparto con un pujante –y algo cómico- John Wayne y la segunda con el señuelo de una ambientación exótica –Honolulu- para otra muestra “negra” un tanto inverosímil. Las tres, eso sí, bajo el paraguas de la productora Republic, donde Auer trabajó la mayor parte de su carrera.





La acción de “City That Never Sleeps” no transcurre, como pudiera suponerse en un principio –y como manda el tópico cultural-, en Nueva York –tres años después Fritz Lang acometería en este sentido un título que podría llevar a cierta confusión, el prestigioso “While The City Sleeps”-, sino que se desarrolla en Chicago. Y es esta última ciudad la que nos habla con el recurso de la voz en off al principio del metraje, en un ambiente nebuloso de rascacielos somnolientos y calles solitarias, desde una omnisciencia hegemónica que hace su incursión en las entrañas de un imperio orgulloso de todas sus conquistas… y todas sus miserias.

“City That Never Sleeps” parte de la historia de un policía frustrado –el personaje de Johnny Kelly, que nunca suspiró con ejercer su profesión-, que se debate entre el amor de su esposa –que representa el blindaje de una vida aburrida, rutinaria y gris- y el de la bailarina del nightclub Silver Frolics, que le tienta para abandonar la ciudad y huir al sol de California. Pero para conseguir este último sueño y vivir holgadamente será necesario que Kelly se degrade aceptando la misión de un desaprensivo y poderoso abogado de la metrópoli –Edward Arnold, el detective ciego de “Eyes in the Night”-, que consiste en deshacerse con malas artes de uno de los secuaces del jurista –un mago de poca monta reconvertido en sicario, encarnado por William Talman, memorable villano del “The Hitch-Hiker” de Ida Lupino o, sobre todo, del “Armored Car Robbery” de Richard Fleischer-, el cual que pretende hacerse con unos papeles comprometedores del letrado. Tras este planteamiento John H. Auer, con el indispensable guión de Steve Fisher –responsable de notorios libretos noir como “La dama del lago” (Robert Montgomery, 1946) o “Callejón sin salida” (John Cromwell, 1947)-, consigue hilvanar una trama perfectamente sostenida, sin puntos ciegos ni demasiadas concesiones gratuitas, y donde todos los personajes encajan, se vinculan magistralmente y tienen su razón de ser.






“City That Never Sleeps” no solo se dota de todos los valores prototípicos del género –la ambigüedad moral, los remordimientos, la ambición desmedida o el rebuscamiento argumental- y su paisaje –calles oscuras, sombras, silencios, amenazas constantes, la propia ciudad como personaje de tantos títulos policiacos- sino que redobla la apuesta en muchos otros aspectos: aquí hay dos femmes fatales –además de la bailarina Mala Powers, la esposa del abogado, una Marie Windsor imprescindible en “Force of Evil” de Abraham Polonsky o “The Narrow Margin” de Fleischer-, dos apocados tipos corrientes que sucumben a la tentación, y dos delincuentes en cuya relación se ejemplifica metafóricamente el concepto de ‘matar al padre’. También hay numerosas figuras omniscientes: la suegra del policía -cuya fisonomía jamás presenciaremos, y que funciona como martilleante conciencia al inicio-, el hombre-robot que trabaja en el escaparate del nightclub -un actor fracasado que simboliza el reverso del cacareado sueño americano y que también aspira a los favores de la bailarina, siendo testigo de algunos de los momentos más crudos y sustanciales de la película- y, como decía unos párrafos atrás, la propia ciudad que, en un formidable recurso del guión, adquiere una inaprensible fisicidad en el policía fantasma que hará puntualmente la ronda con Johnny Kelly –toda la acción transcurrirá prácticamente en una sola noche-. Recurso que, por cierto, décadas más tarde explotaría Michael Landon en la archiconocida serie camp “Highway To Heaven” (1984-1989), casualmente también con un agente -retirado-  como acompañante.






Hay secuencias que remiten directamente al expresionismo alemán del que Auer tomó muy buena nota en su juventud, en concreto las escenas del coche de la policía a velocidad de vértigo y desde la cámara subjetiva del conductor que prácticamente inventara Lang en trabajos como “Dr. Mabuse, der Spieler” o “Spione”.

“City That Never Sleeps” –joya indispensable del cine negro menos obvio-, pese al tono aleccionador, al homenaje a las fuerzas del orden que velan por tu seguridad y a un final feliz, supura pesimismo y mezquindad por los cuatro costados y pone el dedo en la corrupción sistemática que prácticamente infecta todos los estratos de la sociedad, como ya plasmara el propio Auer en la citada “A Man Betrayed”, donde el político de turno chapoteaba entre mafiosos y fraudes electorales, pecadillos inherentes al capitalismo salvaje que todavía hoy perdura, con el objetivo de prosperar cueste lo que cueste.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Acción directa, de Voltairine de Cleyre






A raíz del contundente atentado ocurrido en el edificio del periódico Times de Los Angeles en octubre de 1910, y perpetrado por los hermanos McNamara –miembros de la American Federation of Labor, dentro del sindicalismo más voluble y encogido-, se extiende rápidamente la acusación de que aquel ha sido realmente ejecutado por perversos anarquistas que solo buscan la destrucción del sistema capitalista violentando a las masas, sin otra motivación que implantar en la sociedad biempensante el caos y el terror. Exactamente lo contrario que, en buena medida, pretendía -y ha pretendido siempre- el ideario libertario aún en una época tan candente y abrupta socialmente como fue la de principios del siglo XIX y principios del XX, repleta de represión, miseria y dificultades infinitas para de la clase trabajadora –donde la jornada laboral de 8 horas, por ejemplo, era poco menos que una quimera-, obligada en última estancia a contrarrestar tanta injusticia y abuso con todo tipo de respuestas a su alcance, unas más pacíficas que otras; alguna más severa que otras.





En todo ese maremágnum de manipulación, medias verdades y exceso institucional se alzó, entre otras muchas, la firme voz de Voltairine de Cleyre, una de esas mujeres “peligrosísimas” que arrasaban Norteamérica con los únicos poderes de la palabra, la empatía, la intuición y el coraje intelectual. Amiga y polemista de la mismísima Emma Goldman –a la que la posteridad le deparó mayor reconocimiento-, Voltairine se dio por aludida directamente en los sucesos referidos al comienzo y, a su vez, se vio en la obligación de matizar y aclarar posturas en este preciso y elocuente texto panfletario titulado “Acción directa”, recuperado recientemente en castellano por la pequeña editorial punk y libertaria Imperdible (en 2013 había hecho lo propio la editora La Neurosis o las barricadas).
Criada a base de presenciar y sufrir los rigores del matonismo empresarial y policial, de asistir a un sinfín de desigualdades de género, raza –ser abolicionista era poco menos que una profesión de riesgo- y condición social, Voltairine fue consolidando una personalidad valiente, inasequible al desaliento, sustentada en un feminismo radical y en una defensa del individualismo ácrata sin medias tintas pero con la capacidad de (hacer) recapacitar y, asimismo, entender al enemigo para después desmantelarlo ideológicamente.






La idea fundamental era explicar el concepto intrínseco de la acción directa desde el punto de vista del imaginario revolucionario, hacer entender su complejidad más allá de la propaganda simplista que defecaban las élites, difundida como la pólvora entre una opinión pública casi siempre dispuesta a la negación del análisis que, entre otros aspectos, incluye las causas y las consecuencias de lo que ocurre en momentos de conflicto. La Acción Directa como mecanismo primordialmente no agresivo, de iniciativa propia, inalienable y a la vez colaborativo, integral, con el fin de lograr los objetivos esenciales, eludiendo elementos coercitivos y acuerdos con la otra parte, siempre déspota, timadora y despiadada. Acción directa que también puede significar ausencia de maniobras impulsivas (resistencia pasiva) si a través de estas el fin no solamente está justificado sino que este supone la manera más eficiente de alcanzarlo. El arrebato furibundo e inflexible solo como último recurso obligado por unas circunstancias de otro modo impenetrables. Una Acción Directa donde el sindicalismo –el radical, no el piramidal que ejerce de juguete tonto de la patronal y los poderes fácticos- y su herramienta más proverbial, la huelga, ejercen de pilares indiscutibles con la misión fundamental de potenciar persistentemente las demandas legítimas de obreros, mujeres, inmigrantes y, en general, de todo aquel colectivo desplazado, humillado, desatendido o criminalizado por quienes de forma siempre autoritaria niegan sus lícitas emancipaciones.


El libelo se cierra con unos versos de Swinburne, protagonista de la anterior entrada de este blog: y es que aquí, si podemos, no damos puntada sin hilo. Desde el cariño. Y desde la verdad, que da lugar a la belleza (y viceversa).

domingo, 18 de marzo de 2018

Antología poética, de Algernon Charles Swinburne





“Suyo es el tiempo todo, mientras nosotros tenemos solo un día”

Publicada a finales del año pasado seis años después desde que finalizara su traducción y ocurriendo en medio de todo ello el deceso de Adolfo Sarabia -responsable de la traslación al castellano y una pérdida que habrá de notarse ostensiblemente en el futuro: ahí está su aportación a los volúmenes para Hiperión de Dante Gabriel Rossetti (amigo personal de Swinburne), la hermana de Gabriel, o Elizabeth Barrett Browning-, esta necesaria selección nos trae a uno de los eslabones clave para entender el post-Romanticismo, entroncado con el decadentismo finisecular, el Helenismo, el Romanismo o el Prerrafaelismo.

Dipsomaniaco, irreverente, atrevido, vicioso y triunfador, Swinburne catalizó la tradición romántica uniéndola con naturalidad a las influencias líricas francesas del momento, al pictoricismo y a un diáfano discurso escéptico en materia de fe que lo hizo durante toda su vida incómodo cuando no directamente vituperado, incluido además su no reconocimiento –casi mejor- como Nobel de literatura.

Entre los poemas destacados se encuentra “Atalanta de Calidón”, con sus narrativas escenas de caza (referencias a Artemisa), su desenfreno y su creacionismo politeísta que desembocará en un contundente alegato anti-cristiano: se trataba de reivindicar la religión romana en detrimento de la exégesis abrahámica, esta última generadora constante de odio, violencia y destrucción. Un reproche, este último, que volverá a aparece con inusitada fortaleza en otro ineludible del recopilatorio, el “Himno a Proserpina”.






El sadomasoquismo, presente tanto en la obra como en la propia experiencia vital del autor (habitual de prostíbulos de todo pelaje), es el tema central de “Balada de la muerte”, que arriesga todo su lirismo desgarrado en pos de la recompensa ideal y definitiva… La pérdida, la nostalgia, la infertilidad y, en general, el declive son aspectos sobre los que giran poemas como “Balada de pesares” y “El lamento de Lisa”, pretextos para subrayar la invisibilidad y el cercenamiento trágico de las protagonistas de ambos. Llevando estas últimas ideas al extremo, Swinburne compondrá “La leprosa”, uno de sus textos más polémicos y en su momento repudiados, invocando el dolor y la putrefacción a través de un amor sincero, compasivo y desinteresado: el escritor como epítome de valentía que transgredió la moral victoriana de la época con una espontaneidad que no hizo más que retratar a la hipócrita crítica y a su mojigata audiencia. Algo que muchos tardarían lo suyo en digerir, como ocurrió con “Amor muerto” y su soterrada necrofilia…

No podría faltar el homenaje explícito a uno de sus principales referentes, Charles Baudelaire, en “Ave atque vale (Hola y adiós)”, desparramando gran parte del imaginario del autor de “Las flores del mal” –con menciones directas a alguno de los poemas de dicha obra-.






“Hertha” y “El triunfo del tiempo” forman de alguna manera el díptico panteísta por antonomasia de nuestro protagonista. El primero como aglutinador de toda la naturaleza –recogido, ya desde el título, de la mitología teutona- y el segundo quizá como equivalencia tética acaparan de nuevo el compromiso con las cosmogonías pre-cristianas. “Hertha” fue considerada por su responsable como su creación más conseguida y no es para menos: la (omni)potencia de su exhortación está musicada con un pulso y una precisión que solo se les presupone a los verdaderos maestros, como de hecho debemos considerar a Swinburne: virtuoso de las subordinadas prolongadas, heredero directo de Tennyson, y hermano espiritual de un Shelley al que le unieron no solo algunas similitudes en el plano personal, sino también la misma manera inconformista de afrontar el azogue elegíaco.